domingo, 12 de julio de 2015

Diario de viaje: Nueva York

Como os prometí, aquí está por fin el diario de Nueva York.
Me lo he tomado con un poquito de calma y ya veis, ¡han pasado más dos meses desde que estuve allí! 
Lo cierto es que no me ha sido nada fácil reducir en una sola entrada todo lo que he vivido en esta apasionante ciudad. Estoy todavía sobre una nube, ¡vaya ciudad, Dios mío, vaya ciudad!

Como ya hice en los diarios de Londres (aunque esta vez no describa al detalle cada jornada), compartiré con vosotros visitas, descubrimientos, pistas y sugerencias para que podáis ponerlas en práctica en una futura visita a la gran manzana.   Espero que disfrutéis con la lectura y sobre todo que pueda seros útil :)
¡Empecemos!
Aquí iba diciéndole al avión:
¡Aguanta
bonito que ya casi estamos!
7 de mayo, Madrid. Empieza el viaje en una puerta de embarque de American Airlines.  Jean va como Paco por su casa, tranquilo y pensando ya en echar una cabezadita; yo voy como iría Paco,  pero por el corredor de la muerte. ¡Ocho horas de vuelo por delante y encima en un avión que seguro volaba ya entre Pterodáctilos! Yo ya iba diciendo "si llegamos a Terranova será un milagro". Pero mira, incrédula de mi, tuve uno de los vuelos más tranquilos de mi vida.  Lo mejor sin duda fue cuando por fin divisamos el skyline de Manhattan,  por lo bajito arrancamos los dos a cantar Empire State of Mind ¡Vaya par!

Pasamos la aduana del JFK sin contratiempos (aunque me dieron ganas de ponerme firme y cantarle The Star-Spangled Banner al policía de aduanas para apaciguarle, menuda cara) y llegamos a la ciudad a través del Airtrain y el metro. Una forma económica y sencilla. 
Y por fin al salir por la boca del metro…¡Manhattan! No se como explicar la sensación; toda esa gente, el bullicio, las sirenas, bloques y bloques hasta donde abarcaba  la vista…me sentí enseguida llena de energía, con ganas de comerme la gran manzana y el mundo entero si hacía falta. Bueno, en realidad, solo quería refrescarme un poquito, dejar las maletas en el hotel y empezar a explorarlo todo.

Encontrar un hotel en Manhattan puede ser un quebradero de cabeza. Los precios son desorbitantes y no siempre tienes la satisfacción de encontrar una buena inversión tras el desembolso. Nosotros, tuvimos buena fortuna, y quedamos encantados con nuestra elección. La habitación estaba en el piso 56 y tenía vistas a Central Park hacia el norte y al Hudson por el oeste. 
¡Nuestro nido de águilas!
Una vez arreglados los trámites y sin las maletas, empezamos a descubrir la ciudad. Esa primera tarde apenas visitamos los alrededores del hotel: Times Square, Broadway y la zona del PlazaFifth Avenue. Lo mejor estaba por venir al día siguiente.

Supongo que cualquier sitio es bueno para empezar a explorar Nueva York. Nosotros decidimos hacerlo por Lower Manhattan, Liberty y Ellis Island. Queríamos recrear en cierta modo la experiencia de llegar a Manhattan por mar, tal y como la vivieron tantos viajeros procedentes de Europa. Y aunque la fisionomía de la ciudad sea completamente distinta, creo que en cierto modo conseguimos capturar ese espíritu. Es curioso como uno tiende a olvidar, en medio del bullicio de la jungla urbana, que está en una isla; una isla resguardada por Staten y Long Island, pero aún así abierta al Atlántico. El trayecto en ferry, el olor a mar y el sonido de las gaviotas nos ayudaron a ubicarnos. 
Cogimos el ferry en Battery Park hasta Liberty Island y, a pesar del madrugón, valió la pena. Manhattan todavía estaba cubierto por la niebla matinal y parecía surgir de la nada. Fue una de esas instantáneas que quedan grabadas para siempre en la memoria.

Embarcamos en el ferry rumbo a Liberty Island. Vista de Battery Park.
¡Buenos días Manhattan!
Mira como si viniésemos directos en barco desde Francia.
La visita a Liberty y Ellis Island es casi "obligatoria". Lo cierto es que solo por las vistas ya merece la pena, y además podréis hacer una carrera de obstáculos para evitar los palitos de selfie. Lo que más me gustó de todo fue el Museo de la inmigración de Ellis Island. Si lo visitáis aprenderéis muchísimas cosas sobre la experiencia de los emigrantes que llegaron  a América. Sus motivaciones, la vida que llevaron una vez instalados y el legado social y cultural que dejaron a su patria de acogida.

Una vez de vuelta en Manhattan, tiempo de descubrirla de Sur a Norte. Para esto nada mejor que un buen calzado y…ganas de patear la ciudad. Eso si, imprescindible un buen desayuno para cargar las baterías.
Desayuno en el hotel.
Recorrimos Manhattan casi de punta a punta, aprehendiendo las características y el alma de cada barrio; todo un mundo de contrastes en una isla de 21 kilómetros.  La solemnidad de Ground Zero, la agitación de Wall Street, las primeras vistas del Puente de Brooklyn…y como no el mundo curioso y cerrado de Chinatown. Por sus calles encontramos productos gastronómicos que nunca habíamos visto y llevamos una lucha constante contra los vendedores de imitaciones. Yo me empeñé en ir hasta Columbus Park, en busca de cualquier vestigio del célebre Five Points,  pero nada recuerda aquí su existencia. Del mismo modo, Little Italy apenas es un recuerdo de lo que fue, solo un par de calles llenas de restaurantes y negocios italianos. Si queréis vivir la experiencia de la vida en los barrios populares de Manhattan, dirigíos al Tenement Museum, uno de los que más ganas tenía de visitar. El museo se visita en tours guiados; Hard Times el que nosotros elegimos reconstruye la lucha diaria de dos familias de emigrantes, una judía de origen alemán y otra italiana, en el Manhattan de finales del siglo XIX. No lo dejéis pasar, es una visita repleta de emociones y  un excelente ejemplo  de antropología urbana neoyorquina.
Brooklyn Bridge, Federal Hall, Chinatown, Little Italy y Ground Zero.
Al oeste de Little Italy, la ciudad cambia y entramos en el barrio histórico de Soho. Sus cast-iron buildings son su seña de identidad. Esta arquitectura ahorraba tiempo y esfuerzo a la hora de construir, presentaba una supuesta resistencia a los incendios y al mismo tiempo ofrecía mayores posibilidades de ornamentación que la arquitectura tradicional en ladrillo. Varios estilos de inspiración europea hicieron así su aparición en Manhattan, como el neoclásico, el veneciano o el segundo imperio francés. Yo no pude parar de hacer fotografías en cada calle. Las casas son absolutamente preciosas y las escaleras de incendios exteriores todo un símbolo arquitectónico de la ciudad. 
Ejemplos de cast-iron architecture.
Siguiendo un poquito más al norte llegareis a la que sin duda se convirtió en mi zona favorita de Nueva York: el West village, los alrededores de Washington Square y Gramercy Park. Si tuviera que fijar mi residencia en Nueva York no me movería de aquí. El West Village hace honor a su nombre y es un verdadero pueblecito escondido entre la gran ciudad. Todas sus calles están arboladas y el contraste con las casas de ladrillo rojo ofrece un cuadro maravilloso. Washington Square y Union Square son dos encantadores refugios verdes entre calles muy concurridas. Buenas tiendas, pequeños comercios, librerías de las que os hablaré más adelante...y encima un último detalle que terminó por enamorarme.


Calles del West Village
Una mañana, mientras paseábamos desde Whashington Square dirección Union Square, empezamos a cruzarnos por el camino a muchos transeúntes cargados con enormes ramos de lilas frescas. Yo iba como loca intentando averiguar donde se hacían con ellas y al llegar a Union Square di por fin con la solución; era lunes y se estaba celebrando el Greenmarket de Union Square; una cita semanal en la que agricultores y ganaderos del estado de Nueva York venden sus mejores productos. Verduras y fruta orgánica de temporada, quesos, miel, dulces de todo tipo, tartas saladas...una montaña de productos tradicionales expuestos con mimo y rodeados de montones de flores. Se dice que para conocer bien una ciudad hay que visitar sus mercados y yo lo secundo completamente. ¡Cómo me gustó pasear entre los puestos y sentirme como un habitual más!
Uno de los muchos puestos de lilas.
Con mucha pena por dejar "mi barrio" seguimos hacia arriba para encontrar al paso edificios emblemáticos como el Flatiron y el Empire State Building; y maravillas como Grand Central Station, donde no pudimos dejar de enumerar escenas de películas, y la New York Public Library
Vistas del Flatiron y del Empire en una tarde de lluvia.
Un día cualquiera en Grand Central

Magnífica fachada de la New York Public Library
Cuando entramos en la biblioteca no me paré a hacer fotos porque iba a celebrarse una boda e íbamos con un poquito de prisa. De todas formas espero que los novios tuviesen mejor fortuna que Carrie y Mr.Big en el día de su boda :) De lo que si tomé fotos es de todas y cada una de las placas literarias que adornan el tramo de la East 41st St comprendido entre la Quinta Avenida y Madison, conocido como Library Way.
La gente se me quedaba mirando al verme saltar con la cámara de placa en placa, ¡cuarenta saltitos ni más ni menos! 

Indicador del Library Way ¡no tiene pérdida!
Estas son algunas de las placas que más me gustaron: (maravillosa la de) Kate Chopin, José Martí,
Henry David Thoreau, Thomas Jefferson, René Descartes, Isak Dinesen, Emily Dickinson,
Richard Eberhart.
Y para hacer un pequeño descanso, paramos en dos puntos insignes de Midtown Manhattan: Times Square y Brodway.  Una auténtica locura de luces y aglomeraciones no aptas para agorafóbicos. A nosotros la impresión en Times Square nos duró poquito y tras las fotos de rigor salimos de allí corriendo.
Ideal para un pequeño baño de multitudes.

Bien, hasta aquí hemos visitado Lower Manhattan, la calma de West Village, edificios míticos y las grandes multitudes de Midtown. Creo que ya es hora de explorar la parte alta de la isla. 
Esta parte de la ciudad era lo que veía cada mañana al despertarme. Nada más salir de la cama corría a la ventana para ver con que tiempo nos recibiría Nueva York. Niebla, lluvia, sol…tuvimos un poquito de todo, pero con el paso de los días algo permaneció inalterable, la majestuosidad de Central Park.

Esta vez el tiempo no se presentaba muy prometedor.
Como este año el invierno había sido especialmente riguroso, tuvimos muchísimo miedo de llegar y encontrarnos los árboles todavía desnudos; pero por fortuna un verde brillante y nuevo nos hizo el favor de pintar Central Park de primavera. 


Perdonad por la cantidad de fotos pero es que...¡imposible no querer ponerlas casi todas!
Vistas del maravillos Conservatory Water, uno de los lugares predilectos de los niños.
¡Cuántas veces habré visto estos veleros en las películas!
Conservatory Water frente a los edificios del Upper East Side.
Otro clásico para niños y no tan niños, la estatua de Alicia en el país de las maravillas.
Y de una que me robó el corazón, la de Hans Christian Andersen y el patito feo.
Y vista del emblemático edificio de apartamentos El dorado en Upper West Side.

Otra de las maravillas de Central Park Bethesda Fountain
Otra vista de Bethesda Terrace
Homenaje ineludible
El lugar ideal para un picnic, Sheep Meadow
Y por fin la zona sur del parque de vuelta al hotel.
A ambos lados de Central Park descubrimos el Nueva York más exuberante y opulento. Mientras paseábamos por la zona no podíamos evitar preguntarnos quien viviría en esas mansiones de Park Avenue y Central Park West; en esos edificios donde tan bien delimitadas estaban las puertas de servicio y las principales con sus tolditos. Es una zona muy agradable y tranquila, pero nuestro principal interés eran los museos que se sitúan en ella.

Uno de los principales inconvenientes de visitar una ciudad con tantísimos museos interesantes es la falta de poder abarcarlos todos en ocho días.  Con todo nuestro dolor tuvimos que hacer una selección y en la gran lucha triunfó el Metropolitan sobre el Moma y la Frick Collection sobre el Guggenheim. ¡Definitivamente el arte moderno y contemporáneo no tuvieron suerte en este viaje!

La colección del Metropolitan Museum es imposible de calificar. Creo que incluso sublime se queda corto. Siempre que visito un museo mis pies se dirigen automáticamente a las salas de pintura, artes decorativas y vestimenta, y en esta ocasión, se superaron todas mis expectativas. Incluso las obras y objetos situados en la sala de depósito son auténticas maravillas. 
Metropolitan Museum belleza exterior e interior.
Algunas maravillas de la colección: The Wyndham Sisters, John Singer Sargent;
Camille Monet in the Garden at Argenteuil, Claude Monet; Study in Black and Green,
John White Alexander; Two Tahitian Women, Paul Gauguin.
Una de las áreas del museo que más disfruté y, que para mi tiene mayor interés dado el país que visitamos, es la New American Wing. Una sucesión de salas que trazan la historia de los Estados Unidos, de la época colonial al siglo XX, a través de pinturas, esculturas y  reconstrucciones de viviendas de época. Aquí es donde podréis admirar los paisajes de los componentes de la Hudson River School, una de las escuelas americanas pictóricas más relevantes.
A Gorge in the Mountains, Sanford Robinson Gifford. Imposible no
evocar las historias de la frontera y el lejano oeste al observar pinturas
como esta.
Nuestra siguiente parada fue The Frick Collection; un pequeño museo, situado en una bella mansión del Upper East Side, que alberga una colección exquisita. Visitar el que fue hogar de Henry Clay Frick, gran magnate del acero y miembro destacado de la alta sociedad de la Gilded Age, es como entrar de pleno en el escenario de las novelas de Edith Wharton.  

Las fotografías están prohibidas en el interior del museo, a excepción del jardín
central interior. Fuente
Al entrar en una casa como esta, uno empieza a comprender el alcance de fortunas como la del señor Frick; y aún más cuando se contempla la colección de arte que consiguió reunir. Obras de Fragonard, Boucher, Constable, Gainsborough, Velázquez, Goya y Vermeer (entre otros maestros) adornan las paredes de su mansión. Todas ellas, como nos explicaba el guía, fueron escogidas con mimo y sin reparar en gastos. Frick amaba las escenas tranquilas, los paisajes y los retratos donde no cabía ni la ira, ni los temas exaltados. Hombres de gesto reflexivo y mujeres hermosas copan gran parte de su colección y forman un todo armonioso y extremadamente bello. 
Yo os animo a visitar esta colección si tenéis la oportunidad, y a que la comparéis con la experiencia vivida en el Tenement Museum. Dos realidades, dos mundos distintos cohabitando en Manhattan se abrirán ante vuestros ojos. Una realidad que desgraciadamente permanece inmutable por mucho que pasen los años.
Reconstrucción de una vivienda de emigrantes de Little Italy
y jardín interior de la mansión Frick.

A estas alturas del recorrido los pies empiezan a resentirse, por eso toca disfrutar de otros  placeres que ofrece Nueva York como las compras y la gastronomía. Fueron muchos los sitios donde comimos y, si acertamos en muchas ocasiones, fue gracias a la inestimable ayuda de mi querida Stephanie. Hacía seis años que no la veía, desde los días que pasamos juntas en Aix en Provence, mientras estudiábamos en la Universidad, y reencontrarme con ella fue uno de los mejores regalos del viaje. Nueva York no hubiera sido lo mismo sin ella. 
Ahora me toca a mi compartir las direcciones que pudimos descubrir de su mano.
Un buen brunch en The Penrose en el Upper East side, una cena tradicional en Da Andrea, un italiano delicioso cerca de Union Square; y otro incluso mejor (si eso es posible) en el Upper West Side, Gennaro. Si queréis una pizza para morir de placer en el acto id a Kesté Pizza en West Village (ya sabéis, mi barrio :D) y si lo que buscais son  hamburguesas típicas de cadena pero deliciosas y de calidad: buscad Shake Shak y Five Guys (repartidas por un montón de puntos de la ciudad). 

Ahora pasemos a los dulces. Magnolia Bakery es toda una institución en Nueva York (si sois fans de "Sexo en Nueva York" comprenderéis por qué). La verdad es que los cupcakes y los mini pies de arándanos ¡están buenísimos!  Ahora si, si queréis subir al paraíso de los golosos, apuntad rápido estas dos direcciones (sshhh no corráis mucho la voz que son solamente para neoyorquinos y allegados): Lady M Confections para el cheesecake y Levain Bakery para las cookies. Sobran las palabras.

Magnolia y cheesecake de Lady M.
Mini tiendecita de Levain Bakery en el Upper West Side. Qué olor salía de
allí ¡el nirvana!
En cuanto a las tiendas, esto ya es mucho más personal. Todo dependerá del estilo de ropa que os guste vestir o de lo que andéis buscando. La única visita casi obligatoria, además de los grandes almacenes típicos como Macy's, Bloomingdale's y Bergdorf Goodman, es Century 21 para encontrar verdaderas gangas y la macrotienda de Forever 21 en Times Square. Si os gusta vestir de forma clásica y los vestidos lady, entonces no dejéis de visitar Brooks Brothers, J. Crew, y una tienda que descubrí por casualidad y que me enamoró por completo Loft

Fijaos las dimensiones que está tomando esta entrada y todavía me dejo en el tintero la subida al Top of the Rock en el Rockefeller Center (si podéis, subid al atardecer),  los paseos por los Piers a orillas del Hudson, una visita a los Knicks en el Madison Square Garden y nuestra viaje de ida y vuelta a través del Puente de Brooklyn. Así os hacéis una idea de lo mucho que esta ciudad tiene por ofrecer y ¡encima contando solo Manhattan!

Una segunda visita se impone para que Jean y yo podamos descubrir los otros bouroughs de Nueva York y todo lo que nos quedó de Manhattan; pero no podíamos estar más felices de los días que pasamos allí ¡vimos cumplidas todas nuestras expectativas! 

Muchas cosas podrán pareceros familiares en los primeros vistazos,  pero ya veréis como una vez allí todo os resulta nuevo y excitante. 
Cada uno de vosotros descubrirá una ciudad diferente, y es que, al fin y al cabo, viajar es un asunto  personal. Uno no solo lleva consigo el equipaje de la maleta, sino la carga de lecturas, películas, canciones e imágenes que asocia al lugar al que viaja.


Atardecer en Central Park desde el Top of the Rock.
Mi Nueva York era un mosaico de montones de cosas: Five Points, Roosevelt y Ellis Island, emigrantes, pobreza y mezclas fascinantes de lenguas y culturas; de Edith Wharthon, John Dos Passos, de Truman Capote y desayunos con diamantes. Patti Smith y Robert Mapplethorpe en el Chelsea Hotel; Holly Golightly y Francie Nolan sentadas en una escalera de incendios; Diane Keaton y Woody Allen sentados una noche frente al puente de Brooklyn; Tom Hanks y Meg Ryan en la tienda de la vuelta de la esquina; un joven Vito Corleone deshaciéndose del mafioso Fanucci; Daniel Day Lewis imponiendo terror y ley como Bill el carnicero; Carrie, Miranda, Charlotte y Samantha compartiendo amores y brunchs interminables; Blair y Serena y sus problemas de niñas ricas… historias de finales más o menos felices, que comparten el espacio de una ciudad mágica e inspiradora.

Mi maleta de Nueva York vino bien llena antes de llegar y se fue aún más colmada. Cargad bien la vuestra antes de llegar a Manhattan y no os preocupéis, en estas cosas  de la imaginación y los buenos recuerdos, no hay límite de equipaje.

Un abrazo muy grande a todos.
Hope to see you soon New York!
PD. Todas las palabras marcadas en azul son enlaces de contenido.
PD1. ¿Pensabais que me olvidaba de las librerías? ¡Ay, como si no nos conociéramos! Muy pronto tendréis la entrada de las librerías neoyorquinas que visité y los libros que traje conmigo en la maleta. 

sábado, 4 de julio de 2015

Mañana puede ser un gran día de Betty Smith

Edición de Lumen
Como ya os comentaba en las notas de mayo, la publicación de Mañana puede ser un gran día (supuesta continuación de Un árbol crece en Brooklyn) fue para mi una de las mejores noticias literarias de los últimos meses. Todos los que hayáis leído y disfrutado de Un árbol crece en Brooklyn (reseña) entenderéis el entusiasmo, ¡uno no se cruza con libros como ese todas los días!

Así que, aún teniendo esperando en la estantería otro libro de Betty Smith Joy in the Morning, me lancé como loca a leer mi nueva adquisición. 

Volví pues al Brooklyn de principios de siglo XX para seguir los pasos de Margy Shannon, hija única de una familia humilde, que está empezando a abrirse camino en la vida adulta. Margy trabaja en una agencia de venta por correo bajo la dirección del estricto y cálido Sr. Prentiss y allí, entre sus compañeras, encuentra los beneficios de la camaradería y de la independencia. 
El pequeño sueldo que gana le permite soñar, como al resto de empleadas, con una espléndida vida futura: buenos vestidos, una buena casa y como no un feliz matrimonio, la meta natural de cualquier chica. 

Este camino parece trazarse ante ella cuando conoce al responsable y silencioso Frankie Malone.  Pero muy pronto la realidad dará cuenta del sueño y la vida prospera y feliz que ansiaba Margy, resultará mucho más gris y dolorosa.


Compañeras ¿qué nos deparará la vida?
Una vez leída la novela, me permito contestar firmemente que Betty Smith concibiese a Margy como la versión adulta de Francie Nolan. Quizá sea el inmenso cariño que siento por Francie lo que me lleva al rechazo, pero ¡deseaba con tanta fuerza un mejor destino para ella! Al menos que no hubiese tenido que soportar tantas esperanzas rotas. 
Y es que Mañana puede ser un gran día es una historia melancólica, que oscila entre contadas alegrías y demasiados sinsabores. Es uno de esos relatos de incisivo realismo que, a pesar de ser difícil de digerir, necesitamos leer de vez en cuando como antídoto a la ensoñación.
Betty Smith no escribe para facilitarnos la evasión; al contrario, nos da una bofetada en la cara diciendo: ¡Despierta! ¡Así las da la vida a veces! 

La visión realista de ese Brooklyn popular también aparecía en Un árbol crece en Brooklyn; pero la mirada de la infancia, esa capacidad de maravillarse con pocas cosas, no sobrevive a las circunstancias de la edad adulta. Casi todos los personajes de Mañana puede ser un gran día han visto quebrarse muchas de sus ilusiones. 
Así sucede con las dos familias protagonistas los Shannon, padres de Margy, y los Malone, padres de Frankie; con las compañeras de oficina de Margy e incluso con los anónimos que deambulan por las distintas escenas del libro. 
Mientras leía no podía evitar verles como los protagonistas de las fotografías de Lewis Hine, Jacob Riis o Dorothea Lange. Hombres y mujeres, derrotados por la vida, engullidos por la indiferencia de la gran ciudad.  Padres vencidos que luchan por ver triunfar a sus hijos, personas que intentan aferrarse a algo en lo que creer para soportar la pesadumbre; y en medio de todos ellos, ese ramillete de esperanzas que albergan las jovencitas como Margy. Ese sueño americano que en su caso se limita a encontrar un compañero y la felicidad conyugal. La feliz promesa que el mundo ofrecía entonces a la mujer.

Es cierto que Betty Smith lanza pequeñas denuncias en la novela sobre la discriminación de clase y sobre la hipocresía del sueño americano, pero ninguna resulta tan potente como el retrato del matrimonio que traza a través de la experiencia de Margy. Los pasajes más hermosos de la novela están consagrados a este cometido. Nunca olvidaré la forma en que Henny Shannon, mira a su hija dormida la víspera de su boda (él que conoce tan bien los estragos de un matrimonio infeliz) o el momento en el que Margy se despide de la casa de sus padres. 

Betty Smith
"Los años que había pasado en aquella casa no habían sido muy felices, pero habían rebosado de esperanzas. Le había parecido que todo lo bueno se hallaba al alcance de la mano, a la vuelta de la esquina. Al casarse había doblado una esquina. Si bien lamentaba no haberlo hecho, le entristecía tenerla ahora detrás en lugar de delante. Era una cosa menos con la que soñar."

En Mañana puede ser un gran día, Betty Smith sobresale de nuevo en la caracterización de sus personajes, en capturar esos pequeños instantes de vida que pasan desapercibidos a ojos distraídos; y aunque  no tenga la misma intensidad, ni la capacidad para conmover de Un árbol crece en Brooklyn, ha resultado ser una buena novela que estoy segura no os dejará indiferentes. 

¡Muy felices y calurosas lecturas a todos!

PD. Si os animáis con Betty Smith, os recomiendo empezar con Un árbol crece en Brooklyn. Mañana puede ser un gran día quizá resulte una lectura demasiado agridulce y no desearía por nada del mundo que os perdierais la historia de Francie Nolan.

jueves, 2 de julio de 2015

Lecturas de verano 2015


Por fin llegó el verano para mi y de que manera.  Desde que llegué a Alicante hace dos días vivo en una sesión eterna de sauna finlandesa. ¡Madre mía qué calor hace en la terreta! Ya lo dicen los sabios del lugar, que son marineros de espíritu y conocedores de los vientos y sus rigores: mala combinación cuando sopla el poniente y se casa con la humedad propia de esta tierra. 
Pero, que le vamos a hacer, en este tránsito continuo de estaciones es lo que toca; armaos del kit básico: abanico, refresco helado al gusto, sombrero a la cabeza y... a buscar la bendita sombra. 

Sabéis, yo me quejo mucho del bochorno y echo de menos mis días de mantita y calcetines, pero en el fondo siento como mi cuerpo y mi espíritu acogen con alegría los rayos implacables de este sol mediterráneo. Aunque me cueste dormir por las noches y reniegue  de los rigores del verano, creo que me vendrán bien estos días llenos de luz, de sal, de energía y, como no, de largas lecturas.

Como ya es tradición, abro mi maleta lectora estival y os animo a que le echéis un vistazo. Quizá coincidamos en algún título o descubráis con placer alguno apetecible. En todo caso, ya haremos cuentas en septiembre de lo mucho que den de si los elegidos.

Foto de familia en casa.
El primero de ellos es una biografía de Daphne du Maurier que está teniendo muy buena acogida en Francia, Manderley for ever de Tatiana de Rosnay. Me fascinan los universos que Daphne creó en sus novelas (adoré Rebeca y disfruté mucho con Jamaica Inn) y creo que adentrarme en su vida personal será una aventura comparable.

En mi maleta no podía faltar una lectura ligera para leer a pie de playa, así que voy a darle una oportunidad a Frances Parkinson Keyes y a su novela Camelia azul:  la historia de una joven pareja de Nueva Inglaterra que, a finales del siglo XIX, deja atrás hogar y familia para probar suerte en las tierras dulces y en apariencia apacibles de Luisiana.  
Di con esta autora en uno de mis vagabundeos por las librerías de ocasión y, aunque no se como de exitoso resultará nuestro encuentro, espero que se revele como una nueva D.E Stevenson. Una de esas autoras a las que acudir en busca de confort, tranquilidad y placer. 

Una visita al Oeste es imprescindible y después de Cartas de una pionera necesitaba volver a viajar de la mano de Elinore Pruitt Stewart. Esta vez con Cartas de una cazadora nos vamos de cacería y, para mayor placer, nos acompañan otras mujeres de la frontera como Calamity Jane o Laura Ingalls. Muero de impaciencia por emprender el viaje.

Y sin alejarme del Oeste de Estados Unidos creo que ya era tiempo de volver a Steinbeck. Se que Al este del Edén se perfila como una de las mejores lecturas que voy a tener este año, por eso quiero saborearla despacio, sumergiéndome por completo en ese lejano valle de Salinas. Que sean los Hamilton y los Trask, las dos familias protagonistas de la historia, quienes marquen mi verano de 2015.

El verano armoniza a la perfección con la evasión que proporcionan las grandes historias, pero yo no soy nada sin mis lecturas intimistas, sin esas historias hechas de pequeños momentos cotidianos; así que autores como Rosamond Lehman y Katherine Mansfield no podían faltar en mi maleta. Una jovencita invitada por primera vez a una puesta de largo dará el tono a Invitación al baile y los recuerdos felices de un día en familia y de la infancia perdida harán lo propio en Preludio y En la bahía.

Y para terminar una relectura que me va a saber a gloria. La historia de Valancy Stirling  o El castillo azul necesitaba de unas manos entregadas y cariñosas para ver la luz; para que llegase a todos los lectores hispanohablantes con el brillo que merece. Y en esta misión los responsables de la editorial d'Epoca y nuestras queridas Almudena y Carmen han cumplido el encargo con honores. Es un placer para mi tener por fin entre las manos este precioso libro. Enhorabuena a todos por vuestro magnífico trabajo. 

Aquí podeis leer la reseña de la novela.
De momento estos son los libros que me van a acompañar estos meses. Solo me queda desearos un muy feliz inicio de verano y muy felices lecturas a todos.

martes, 16 de junio de 2015

Shadows on the Rock de Willa Cather

Edición francesa de la novela editada por Rivages.
Lamentablemente no he podido encontrar ninguna edición
en castellano.
A principios de mes terminé uno de los libros que me traje de Nueva York; una edición bastante viejita y feúcha de Willa Cather living, a personal record de Edith Lewis.
Lo cierto es que cuando lo compré no tenía ni idea de quien podía ser Edith Lewis;  pero los dos dolares que gasté en su concisa, íntima y emotiva biografía de Willa resultaron ser una de las mejores inversiones del viaje.
Son muchas las vivencias que Edith comparte en su libro: anécdotas de la niñez y juventud de Willa contadas en confidencia por la propia escritora, el tortuoso camino hacia el éxito literario, viajes, descubrimientos, pérdidas…la larga amistad que ambas compartieron es un caudal de recuerdos casi inagotable; pero, dado que yo acababa de terminar Shadows on the Rock, un episodio llamó especialmente mi atención, el viaje que Willa y Edith hicieron a Quebec en el verano de 1928.

Edith escribía a próposito:

"Desde el primer instante en que Willa se asomó por las ventanas de Frontenac y observó los tejados puntiagudos y las líneas normandas de la ciudad de Quebec, se mostró inquieta y hechizada, abrumada por una marea continua de reminiscencias; allí, aislado e intacto durante cientos de años, permanecía el espíritu francés original,  una aparición milagrosa rodeada por un continente extraño".

Fue durante este viaje cuando Willa encontró la inspiración para escribir Shadows on the Rock, una novela histórica ambientada en el Canada del siglo XVII. En ella volvía a apropiarse de la experiencia de los pioneros europeos en el continente americano.

La acción se inicia en 1697 con la presentación de Auclide Auclair, sabio y respetado boticario y su pequeña hija Cécile. Ocho años han transcurrido desde el día en que ambos dejaron París y se instalaron en Quebec aprovechando la protección de su patrón y gobernador el Conde de Frontenac. Durante todo este tiempo padre y hija han sido capaces de construir un pequeño hogar y de granjearse el cariño de sus conciudadanos. Pero el aislamiento, los contratiempos y los peligros de una tierra todavía indómita provocan en Auclide el deseo de volver a la vida tranquila y civilizada de las orillas del Sena.

Pero si para el boticario esta aventura solo debe ser temporal, la pequeña Cécile no imagina tener que decir adiós al lugar donde ha crecido y al que ya considera su hogar.

Grabado de Quebec representando la ciudad en la época en la que transcurre
la novela. 
Shadows on the Rock es una novela llena de sentimientos encontrados; nostálgica y pausada en lo que concierne a Auclide y viva y alegre desde la óptica de Cecile. Sus páginas reflejan a la perfección el conjunto de emociones que trae consigo la experiencia de la emigración: nostalgia por el país que se deja atrás, tristeza, esperanza, entusiasmo, energía… estados de ánimo que Willa ya había infundido en los personajes de otras de sus historias como Pioneros o Mi Antonia, y que en Shadows on the Rock vuelven a cobrar todo el protagonismo.

Qué puedo deciros, Willa me desarma con su maestría, con su extraordinaria capacidad para describir personalidades y localizaciones, para reconstruir un retazo de historia y hacerla vivir ante nuestros ojos. Escribir novela histórica, o al menos una buena novela histórica no es fácil. No basta con vestir a tus personajes con ropa de época, subirles a un caballo y construirles una vivienda adecuada a los cánones. La historia debe nutrirse y descansar hasta en los más mínimos detalles: olores, sonidos, comidas y costumbres deben sustentar sus páginas; y eso es lo que consigue precisamente Willa.  

Con puntual precisión no solo introduce episodios y personajes históricos que dotan de rigor su trama: como la fascinante aventura de "les filles du roi", los tejemanejes de la lejana corte del gran Luis XIV o la propia historia del Conde de Frontenac, uno de los protagonistas de la novela, sino que centra su atención en la vida cotidiana de la colonia: en los días de mercado, en el trabajo de botica con sus ungüentos y remedios, en las preparaciones para el largo invierno, cuando los habitantes de Quebec se proveen de leña y víveres suficientes hasta la llegada de la primavera; y como no en ese momento de octubre en el que se escriben apresuradamente las cartas que zarparán en el último barco que sale hacia Francia. Un barco que no volvería con nuevas noticias hasta bien entrado el mes de julio.
La ciudad vive al ritmo de la vida de sus personajes y es un personaje en si misma; y es que en las novelas de Willa Cather el paisaje, la tierra que habitan sus protagonistas lo es todo. Ella forja su carácter y decide sus destinos.


Así eran los barcos que cruzaban el
Atlántico en los siglos XVI y XVII.
Así ocurre con Auclide Auclair y el Conde de Frontenac, figuras nostálgicas que viven casi como desterradas en ese reducto aislado al otro lado del Atlántico. Un destino muy distinto al de Cécile, quien ha aprendido a amar su nueva tierra, y al de Pierre Charon, personaje que encarna la imagen romántica del trampero libre de los grandes bosques, el aventurero que forja su propio destino.   Ellos encarnan a los europeos del nuevo mundo, frente a la generación anterior apegada a sus raíces, y serán ellos los encargados de construir otras realidades,  lejos de sus países de origen. 

Shadows on the Rock es un libro pausado y descriptivo, forjado al ritmo de las distintas estaciones y sus respectivos ritos. Una lectura que confirma el respeto y la admiración que siento por la escritura de Willa Cather
Si todavía no le habéis dado una oportunidad, os animo a que leáis alguna de sus novelas sin ninguna hesitación; espero que encontréis en ella una autora a la que conservar con cariño en vuestras estanterías.

Un abrazo y muy felices lecturas a todos.

PD. Shadows on the Rock ocupa el año 1931 en mi Century of Books.

miércoles, 10 de junio de 2015

Notas de mayo

¡He engañado a las parcas y vuelvo de entre los muertos! :)
Ay perdonad el retraso que llevo en las entradas, es que el destino quiso que aprobase el primer examen de oposición y aquí me teneis volcada como una loca en la segunda parte de los exámenes. Para bien o para mal todo volverá a la normalidad a final de junio; mientras tanto, voy a intentar escribir un poquito para que A book a day no se quede en barbecho el pobre. 
Como tenía pendientes las Notas de mayo, empecemos a recuperar el tiempo perdido con ellas. Como ya sabéis gran parte del mes lo ocupó el viaje a Nueva York, pero también ha dado tiempo para anotar y disfrutar de varias cosillas más ¡vamos allá!

- Unos cuantos meses atrás os hablaba de lo mucho que disfruté Elles étaient en guerre. Un espléndido documental que dibujaba la experiencia femenina de la I guerra mundial en Francia. A través de las vivencias de mujeres de excepción como Edith Wharton, Marie Curie y Rosa Luxemburgo y también de heroínas anónimas: madres, esposas, trabajadoras… Elles étaient en guerre brindaba un emotivo homenaje a todas aquellas que se esforzaron por tomar las riendas de un país a la deriva. 
Bien pues este mes por fin hemos podido disfrutar de la segunda parte del proyecto, consagrado esta vez a la Segunda guerra mundial, y de nuevo la calidad de las imágenes, el rigor en la documentación y la emoción de lo narrado han acudido a la cita. Aquí os dejo el enlace de ambas entregas para que las disfrutéis (lamentablemente solo está disponible en francés).

Matthias Schoenaerts repite como
protagonista en ambas.
- Y este mes me temo que la cosa ha ido de documentales y películas. Como ya os dije a principios de año, moría de ganas de ver tres adaptaciones cinematográficas: Suite francesa, Lejos del mundanal ruido y Testament of Youth. A día de hoy, puedo tachar las dos primeras de la lista y la verdad es que estoy bastante satisfecha, sobre todo con Suite francesa. A pesar de centrarse en la segunda parte de la novela, Dolce, me ha parecido una muy buena película. La fotografía, la música, los actores, el guión…todo me ha parecido precioso, delicado, elegante y a la vez fuerte como lo es la prosa y el espíritu de Irene Nèmirovsky. Aunque se hayan tomado ciertas licencias en la historia y no hayan reflejado el conflicto social de la novela con profundidad, se lo perdono.
En cuanto a Lejos del mundanal ruido he cometido sacrilegio y he ido a verla antes de leer la novela, por lo que me es imposible comparar. También me ha parecido una adaptación bellísima en cuanto a la ambientación y la fotografía, aunque quizá esta vez me haya faltado un poquito de fuerza y emoción en el guión. Aún así un impecable trabajo y unas ganas tremendas de ponerme al fin con el libro. 

- Cambiando de tercio no podía dejar de compartir con vosotros esta serie de fotografías que me fascinaron mientras leía The Atlantic. Ya sabeis de mi historia de amor con el Oeste americano. No puedo explicaros la sensación, pero al ver estas imágenes me ocurrió lo mismo que mientras leía Ángulo de reposo (reseña), la magnífica novela de Wallace Stegner. Sentí la aventura en su estado más puro, los desafíos, un nuevo horizonte, fracasos y promesas… esa imágen del Oeste, sin duda idealizada, que me sigue cautivando. 

  - Y por fin una noticia meramente literaria, de esas que tanto nos gustan a nosotros. Supongo que muchos de vosotros ya la habréis visto por las librerías de vuestra ciudad, pero por si hay por ahí algún despistado, ya podéis disfrutar de la nueva colección en castellano de Penguin clásicos. Apenas rondan los diez euros y llevan consigo la calidad Penguin, así que no dudéis en echarle un vistazo a la selección de clásicos universales que proponen.
Camino a Itaca
Yo traje conmigo La Odisea aunque traicionase con ello a mis antiguos y queridos ejemplares; pero es que me fue imposible dejar en la estantería una edición tan bonita. Así que aquí me tenéis, una vez más embarcada en el viaje con Ulises, disfrutando la travesía al ritmo de cada canto, sin prisas. Como bien dice Joan Casas en la introducción "la vida es trayecto […] lo importante es el trayecto, el recorrido, la peripecia. Lo único que nos enriquece es lo que ganamos por el camino".
Poe eso os invito de corazón a que emprendáis el viaje a Itaca. Leed este poema de Cavafis y seguro que no tardará en convenceros.

- No podía dejar estas notas sin compartir un poquito de música. Con todas las horas de avión que he tenido por delante, me ha dado tiempo a darle bastantes vueltas a mi reproductor, así que os dejo unas cuantas de mis favoritas, esas que me ayudaron (casi) a superar el miedo de estar colgada en medio del Atlántico.

The La's: There she Goes
Van Morrison: Brown Eyed Girl
The Beatles: Here comes the sun
Nick Drake: Place to be
Iggy Pop: The Passenger

- Y como siempre la pintura del mes. En cuanto vi esta acuarela en el Metropolitan supe que sería esta. Ese es el Nueva York que vi con mis propios ojos mientras caminaba por sus calles. Nubes amenazadoras en el cielo, rozando los rascacielos sobre todo a primera hora de la mañana y un verde brillante y nuevo coronando las copas de los arboles. Primavera en Nueva York.

Spring in Central Park, Adolf Dehn

Como vereis lo leído en el mes de mayo es un poco exiguo, pero no me quejo; han sido lecturas satisfactorias y muy buenas compañeras de camino.

Lecturas de mayo
Los eduardianos de Vita Sackville-West, hará las delicias de todos los que disfrutaron con La saga de los Forsyte o la serie Downton Abbey. De nuevo la alta sociedad eduardiana es objeto de un detallado análisis para el disfrute de los lectores. La hipocresía, las convenciones y los aires de cambio guían la trama de la novela, aunque esta vez acompañada de la mirada crítica y mordaz de Vita Sackville-West. Una autora que descubro con placer y a la que no tardaré en volver.
Ventanas de Manhattan de Antonio Muñoz Molina, me dejó con un sabor agridulce. Fue una excelente lectura durante el viaje de ida a Nueva York, porque me ayudo a visualizar estampas de la ciudad, costumbres y sitios por descubrir. Pero si algunos capítulos me parecieron sublimes, como el de los días de lluvia en Nueva York, otros me parecieron tediosos y difíciles de soportar.
La ciudad de la alegría de Edith Wharton, me hizo llegar al final casi con lágrimas en los ojos. ¡Qué triste me pareció la historia de Lily Bart! Qué despiadado universo el de la alta sociedad neoyorquina del siglo XIX, mucho me temo no tan diferente que el de otras épocas. Fue un placer reencontrarme con la fineza descriptiva de Edith Wharton. No os digo más y hablaremos con más tranquilidad en la reseña.
Y para terminar una novela que compré y leí de inmediato, Mañana puede ser un gran día de Betty Smith. Después de el enorme Coup de coeur que tuve con Un árbol crece en Brooklyn no podía dejar de leer esta "especie de" continuación. Y digo especie porque realmente yo no le he encontrado mayor relación que el hecho de que ambas historias estén ambientadas en Brooklyn a principios del siglo XX y protagonizadas por una niña/ joven de escasos medios. Tengo que confesar que no la he disfrutado tanto como su predecesora, pero me ha encantado el retrato que Betty Smith hace del matrimonio. Os contaré con detalle en su entrada correspondiente.

Y hasta aquí lo que dio de si el mes de mayo. Espero que hayáis tenido una muy buena entrada en junio y que estéis disfrutando de excelentes lecturas. Un abrazo grande.

PD. Un pequeño olvido. Hace unos días me enteré de que La garçonne, polémica novela de Victor Margueritte de la que os hablaba hace más de dos años (reseña), ha sido traducida por fin al castellano gracias a Gallo Nero. ¡Qué alegría! Espero que la disfrutéis. 

martes, 26 de mayo de 2015

Virginia Woolf, diario de adolescencia.

Primera edición de los diarios de
Virginia Woolf.
Descubrí los diarios de Virginia Woolf por pura casualidad, mientras dotoreaba en google. 
Estaba buscando imágenes de las portadas que Vanessa Bell había diseñado para las novelas de su hermana, cuando de repente di con la fotografía que veis a la izquierda. En ella aparece la colección completa de los diarios de Virginia en su edición original; la publicada en 1945 por la Hogarth Press (editorial fundada por la propia Virginia y su marido Leonard Woolf).
Como es natural en mi, me obsesioné rápidamente con la idea de leer esos diarios. Empecé la búsqueda de ejemplares con esa obsesión desmedida del coleccionista por hacerse con su objeto de deseo,  y  poco tiempo después pude tenerlos en las manos.  Desgraciadamente la preciosa primera edición quedaba fuera de mi presupuesto, pero los cinco volúmenes que salieron al mercado en 1967 y la edición francesa, que es la que al final compré, resultaron opciones bastante más asequibles. La edición de La Cosmopolite que tengo en mi poder, a diferencia de sus homólogas inglesas, se publicó en dos únicos volúmenes. El primero corresponde a los Diarios de adolescencia y primera madurez, el segundo, bastante más voluminoso, contiene el resto de diarios hasta la muerte de Virginia. Si os parece centrémonos hoy en el primer volumen.
Edición francesa publicada por La Cosmopolite.
Este diario de adolescencia abarca de 1897 a 1909, exactamente la franja de edad para Virginia que va de los 14 a los 27 años. Son éstos años difíciles para ella; acaba de perder a su madre, pronto perderá a una de sus hermanastras, a su padre, a su hermano Thoby y además debe hacer frente a graves problemas de salud que se agudizan con las tragedias familiares. 
Lo cierto es que muchos de vosotros os estaréis preguntando ahora mismo ¿qué interés puede tener leer estos diarios? ¿por qué perder tiempo con los pensamientos más íntimos de Virginia pudiendo disfrutar directamente de sus novelas y ensayos? Bueno, dejad que intente convenceros de lo mucho que vale la pena.

Tengo que reconocer que su primer diario, el de 1897, es esquemático y bastante repetitivo. Virginia tiene apenas 15 años y sus entradas guardan casi siempre la misma estructura: he paseado, he leído, he ido a ver tal exposición o tal obra de teatro. Su familia y los muchos conocidos de su padre ocupan sus jornadas. 
Pero sin duda, lo que verdaderamente llama la atención de esta primera parte de su adolescencia es la enorme cantidad de lecturas que nutren sus páginas. Ficción, ensayo, biografía, los clásicos griegos y latinos, las últimas apariciones del panorama literario…la lista es exquisita e increíblemente amplia.  Dos años más tarde llegan los diarios de "Warboys" y los escritos de verano. La escritura de Virginia se afina, gana en sutileza, en belleza y arroja los primeros signos de la escritora que duerme en ella. Es consciente de su don y de su deber de trabajarlo y, creedme, asistir a ello es una autentica bendición.
"Escribir es un eterno recomenzar y cada vez espero conseguir mejores resultados" dice en una de sus entradas. Una máxima que mantuvo durante toda su vida.
Fotografías de infancia junto a su madre y su padre en la casa familiar
de Kensington.
Y mientras pule su estilo y sigue leyendo compulsivamente,  Virginia y sus hermanos llevan la vida que corresponde a su clase social. Después de la muerte de su padre, los Stephen se mudan del señorial Kensington al más modesto vecindario de Bloomsbury; y pese a los intentos de sus hermanos mayores (los Duckworth fruto del primer matrimonio de la madre de Virginia) por introducirles en el ambiente mundano y festivo de la buena sociedad, los pequeños Stephen: Thoby, Virginia, Vanessa y Adrian prefieren pasar tiempo a solas en su nueva casa del 46 de Gordon Square

Cuando mas feliz es Virginia es entre exposiciones, conciertos, lecturas y paseos. Y también durante las vacaciones de verano cuando los hermanos abandonan Londres siguiendo la tradición familiar.  Desde 1882 hasta 1894 los Stephen pasaron todas las vacaciones de verano en St Ives, un pequeño pueblo de la costa de Cornualles. Talland House la casa que alquilaban, el faro y los alrededores dejarían una fuerte impresión en Virginia, quien siempre asoció St.Ives al recuerdo de su madre. Pero tras la muerte de la Sra. Stephen otros lugares de veraneo tomaron el relevo. 
En sus diarios, Virginia enumera las casas que los hermanos alquilan por distintos lugares de Inglaterra. También los preparativos, los traslados, las maletas a rebosar de libros… y como no el transcurrir de los días en el campo o en la costa.  No importan las localizaciones; en todas ellas Virginia se entrega a largos paseos; momentos en los que carga con su cuaderno de notas y se consagra a la escritura. Cualquier detalle es objeto de descripción y en su afán por captar hasta la más mínima impresión, Virginia busca atrapar en el papel un haz de luz, un sonido o incluso un amanecer.  Después de leer Noche y día comprendo mejor ese vagabundear constante de  sus personajes, esa maestría en captar la atmósfera de Londres ¿lo hubiera conseguido Virginia sin esos paseos de exploración? ¿sin esa búsqueda constante de la perfección?

Conforme avanza el diario llegan los viajes al extranjero: España, Italia, Grecia, Turquía... y de nuevo Virginia escribe sobre cada destino. Arroja entonces comentarios que sin duda ayudan a contribuir a su fama de snob: su desprecio por la suciedad, por los malos modos, su negativa a viajar si no es en primera, sus apreciaciones algo despectivas sobre las costumbres del continente en comparación con la "civilizada" Inglaterra...
Vista de St. Ives en Cornualles, lugar de veraneo de la familia Stephen.
Retrato de Virginia.
Pero entre viajes, paseos y momentos de ocio también aparece en los diarios un momento clave en la vida de Virginia, sus primeros trabajos como profesora y sobre todo como  crítica literaria en The Guardian y en The Times (aquí podéis leer uno de los primeros artículos que Virginia consiguió publicar, con Haworth y los Brontë como protagonistas). Con estos trabajos llegarían esos primeros ingresos que tan importante fueron para ella y que tanta relevancia tendrán en su obra: la realización a través del trabajo, la necesidad de independencia... reivindicaciones para la mujer que pueblan su habitación propia, y definen a uno de sus primeros personajes de ficción el de Mary Datchet en Noche y día

Recordais lo que os preguntaba al empezar la entrada ¿es necesario leer el diario de Virginia para conocer su obra? Ciertamente os respondería que no. Podríais disfrutar de la misma forma de sus novelas sin necesidad de pasar por ellos.  Pero para mi, la lectura de Virginia Woolf después de haberme adentrado en sus diarios, ha cobrado una implicación difícilmente comparable.

Dos biografías a tener en cuenta.
La primera es exquisita
y sin duda una muy buena forma
de acercarse a Virginia.
Leer este diario ha sido un auténtico placer, un descubrimiento y un paso indispensable en mi comprensión de la obra de Virginia. He hecho mías sus motivaciones, sus impresiones y sus logros y he cerrado la última página con ese sentimiento de enriquecimiento que solo sobreviene cuando una lectura ha sido fecunda. Sus diarios no solo os permitirán  observarla como una joven más de aquel Londres eduardiano, en su vida cotidiana y en sus más íntimas acciones; también serán una ventana abierta para ser partícipes de ese proceso, casi sagrado, en el que la aspirante a escritora se convierte en una por derecho propio.

Si tenéis la oportunidad, no dudéis en acompañar la lectura de los diarios de Virginia con una de sus biografías. La de Alexandra Harris, concisa, elegante y amena es una estupenda opción para un primer contacto.  Y aunque en este caso todavía no he podido leerla y por tanto recomendaros a pies juntillas, no estaría de más echar un vistazo a La vida por escrito de Irene Chikiar Bauer, primera biografía de Virginia en castellano recién publicada en España.

Un abrazo y ¡muy felices lecturas a todos!

jueves, 21 de mayo de 2015

El regreso

Mi rincón favorito
Después de tantos días de silencio, me alegra mucho volver a escribir en el blog. En un primer momento pensé en llevarme el portátil conmigo para intentar escribir alguna entrada durante el viaje, pero algo dentro de mi me decía que no iba a poder dedicarle el tiempo necesario a escribir y a editar. 
Como temía, así fue. No paré quieta casi ni un momento, y los pocos instantes de descanso que tenía, caía rendida en el hotel o los empleaba para leer un rato las lecturas que preparé para el viaje.  Las "Ventanas de Manhattan" de Antonio Muñoz Molina me hicieron compañía en las largas horas del vuelo de ida; y junto a ellas el Persephone Biannually, una enorme pila de revistas y "La ciudad de la alegría" de Edith Wharton. Ese es el libro que devoré y terminé sentada en el sillón que veis en la fotografía.

Viéndolo ahora, menos mal que dejé el ordenador en casa. Lo hubiera paseado arriba y abajo temiendo por su integridad y sin darle uso. Me bastó con el cuaderno de notas que llevo siempre conmigo. Todo lo que escribí en él me ayudará a redactar el diario de viaje de Nueva York. Después de la cariñosa acogida que disteis a los diarios de Londres, espero que éste os resulte igual de útil y podáis hacer vuestros posibles itinerarios y sugerencias. 
Junto a los diarios llegará la pila de libros que me traje de las librerías neoyorquinas que visité. Os parecerá mentira, pero fueron pocos en comparación con todo el material disponible que hubiera traído conmigo. Como veréis, algunos son libros de ocasión, otros están nuevos y relucientes. Encontrareis biografía, ensayo y bastantes ejemplares de ficción; como no podía ser de otro modo, abunda entre ellos la temática americana.

Pero antes de todo esto, quiero compartir con vosotros algunas reseñas a las que quiero dar paso inmediatamente. Uno no puede darle largas de esta manera tan fea a Willa Cather, Virginia Woolf y Vita Sackville-West. Espero que os piquen la curiosidad y podáis disfrutar de estas lecturas tanto como yo lo hice. 

Por hoy creo que nada más. Solo deciros que es un enorme placer saludaros de nuevo :) 

martes, 5 de mayo de 2015

Notas de abril

Pese a que el mes pasado fue parco en diversiones y descubrimientos y largo en encierros, he conseguido reunir una pequeña lista de cosas que me hicieron feliz en abril. Aquí va:

Número de primavera/verano 15
- La primera de ellas fue encontrar en el buzón el nuevo Persephone Biannually.  En cuanto lo tengo en las manos, todo lo demás desaparece; me preparo mi tazón gigante de café a lo chica Gilmore y saboreo las noticias y artículos del Biannually acompañado de galletas.
Esta vez, sin embargo, me he contenido y he reservado el momento de lectura para una situación que para mi va a ser cuanto menos conflictiva. El día 7 de mayo salgo de viaje. En avión. Ocho horas y media. Creo que no necesito decir más. Ya sabéis lo mal que lo paso volando. 
Por eso me voy a llevar el Biannually conmigo con la esperanza de que me distraiga y apacigüe por lo menos durante un ratito. Crucemos los dedos. 

- Otra alegría de abril fue la visita que hice al Musée de Cluny, el Museo de la Edad Media de París. Si os interesa el mundo medieval no podéis dejarlo pasar si visitais la ciudad. Tanto el edificio como los fondos del museo son preciosos, aunque nada supera en belleza a la joya del museo: la colección de tapices de La dama y el unicornio
Recuerdo perfectamente la primera vez que descubrí su existencia. Fue en un viaje a Carcassonne con mi familia. Por todas partes había reproducciones de los tapices: en forros para cojines, en monederos, en bolsos…en fin ya imaginais el variado despliegue del mundillo souvenirs. Yo compré un tapiz en miniatura que mi madre hizo enmarcar para ponerlo en mi habitación, donde sigue todavía. Me gustaba tanto tenerlo al lado de la cama, me quedaba boba mirándolo. 
Como no, tuve que salir con algo de la
tienda del museo. ¡Como iba a resistir-
me a estos marcapáginas!
Por aquel entonces tenía una pequeña obsesión por la Edad Media, y en el caso de La dama y el unicornio se acrecentó con la publicación de la novela del mismo título escrita por Tracy Chevalier. ¡Como me gustó leer ese libro!  
Muchos años después, al situarme en frente de los tapices en la sala del museo volví a sentir todas las sensaciones y ensueños de la adolescencia. Castillos, caballeros, damas y leyendas volvieron a salirme al paso. Sin duda la visita mereció la pena. 

- Cotillear y devorar las entradas de Brain Pickings me encanta. Pero dado el endiablado ritmo de publicación de Maria Popova, me es imposible estar al día de todas. Este mes de abril me alegré muchísimo al encontrar esta recopilación de entradas sobre Consejos de escritura de célebres escritores. No voy a descubrir la piedra filosofal con ellos y estoy segura de que las palabras esfuerzo, trabajo y constancia van a repetirse una y otra vez; pero no lo puedo evitar, me encanta escuchar a los maestros.

- Y gran alegría me llevé al leer el aviso de Rusta: Lumen  rescata la segunda novela de Betty Smith, Mañana puede ser un gran día. Volvemos a Brooklyn y en cierto modo retomamos la historia de Francie, la protagonista del para mi  inolvidable título Un árbol crece en Brooklyn. Sobra decir que me muero de ganas de leerla. 

- Y para poner el punto final a las notas del mes, os dejo con la pintura que he escogido para abril, Fields in Spring de Claude Monet. Sobran las palabras. Pocas cosas son más bellas y representan mejor la primavera que unos árboles en flor.








Como ya os dije el mes de abril no fue muy productivo en lo que a lecturas se refiere.  Aún así estoy contenta ya que no tengo que lamentar ningún bodrio absoluto, aunque The Orchardist me decepcionase mucho…en fin os cuento un poquito de cada uno. 



Las cuatro gracias de D.E Stevenson, una lectura ligera y agradable perfecta para intercalar entre dos lecturas más arduas. Podéis leer un poquito más sobre ella en la reseña.


Shadows on the Rock de Willa Cather, ha sido mi mejor lectura de abril. Cada novela de Willa que leo lo confirma, disfruto con todas y cada una de las líneas que escribe. No quiero avanzar nada de la historia porque tendrá su propia entrada en el blog. Solo doy estos cuantos datos: Canadá, pioneros franceses, el bosque desconocido donde avanzan indios, bestias y tramperos, un boticario y una niña viviendo lejos de su París natal, el paso de las estaciones…¡qué delicia de lectura!

Manhattan Transfer de John Dos Passos, ha resultado ser uno de esos libros de los que me resulta muy difícil hablar con claridad. ¡Salí completamente abrumada de esta lectura! No busquéis una trama en Manhattan Transfer, ni una narración lineal, ni siquiera unos personajes principales y secundarios a los que seguir la pista fácilmente. Algunos aparecen de pronto en una escena para no volver a aparecer en toda la novela. ¿Qué fue de ellos? ¿A donde les llevó su deambular por Manhattan? Podemos especular tanto como queramos, nunca lo sabremos.
Mulberry Street, Manhattan.
La cronología de Manhattan Transfer abarca desde finales del siglo XIX hasta la década de 1920. John Dos Passos dibuja en sus páginas la urbe inmensa e inhumana en la que se ha convertido Nueva York. Las vidas desastrosas de algunos de sus habitantes, de esos recién llegados que vienen a probar suerte. Historias que se entremezclan en el caótico bullir de la ciudad, la verdadera protagonista de la novela. 
Eso es lo que me ha transmitido y lo que me llevo maravillada de esta lectura. Imágenes y más imágenes de Nueva York: algunas hermosas, otras desgarradoras. Frustración, muerte, enfermedad…sin duda no ha sido una lectura agradable; pero al terminar sus páginas, tuve casi la certeza de haber pisado aquel Nueva York, de haber sido testigo de la difícil supervivencia en esa gran jungla urbana que como pocas ciudades representa. 
"Babilonia y Nínive eran de ladrillo. Todo Atenas era de doradas columnas de mármol. Roma reposaba en anchos arcos de mampostería. En Constantinopla los minaretes llamean como enormes cirios en torno al Cuerno de oro…Acero, vidrio, baldosa, hormigón, serán los materiales de los rascacielos. Apilados en la estrecha isla, edificios de mil ventanas surgirán resplandecientes, pirámide sobre pirámide, blancas nubes encima de la tormenta…"

The Orchardist de Amanda Coplin, ha sido la gran decepción. Una historia que tenía todo lo necesario para gustarme, que empezó con grandes promesas y que al final fue perdiendo fuerza hasta llevarme a desear acabarla cuanto antes.
Oregón, principios del siglo XX. Un anciano solitario, propietario de un inmenso huerto de frutales, pasa sus días pendiente del tiempo y de sus cosechas. Un día su soledad se ve interrumpida con la aparición de dos jóvenes desaseadas, hambrientas y en avanzado estado de gestación. Huidizas en un principio, al final acaban aceptando la ayuda del anciano que a partir de ese momento ligará su destino al de las dos desconocidas. ¿Quiénes son? ¿de dónde vienen? ¿de quién huyen asustadas? 
A todas estas preguntas intenta responder Amanda Coplin en The Orchardist. Y si las descripciones del Oeste son evocadoras y grandiosas, poco más puedo destacar de la novela. Me faltó fuerza en los personajes, más interacción entre ellos para hacer creíble su historia. La novela apenas tiene diálogos, y los pocos momentos en los que los protagonistas se comunican son terriblemente fríos. Un drama como este necesitaba de personajes con mayor profundidad. Una verdadera pena.

Un abrazo grande a todos y que disfrutéis de un buen mes de mayo. Nos vemos de nuevo el día 15.
Pista de mi paradero :)

viernes, 1 de mayo de 2015

Tradiciones de un primero de mayo...

flores, muguete, primero de mayo
Muguete y guisante de olor. La combinación perfecta.
Un año más llega el primero de mayo y, con el, su pequeña tradición. Se cuenta que el primero de mayo de 1561 el rey francés Carlos IX recibió un ramito de muguete a fin de que le sirviese como amuleto. En el lenguaje de las flores, estas pequeñas campanillas blancas simbolizan el retorno de la felicidad y el rey apreció tanto el gesto que decidió instaurar una nueva tradición. Todos los primeros de mayo, las damas de la corte recibirían una brizna de muguete  como muestra de felicidad y buenos deseos. 

Como ya os contaba hace unos años, en Francia y en otros países se ha mantenido la tradición a pesar del paso del tiempo. Si paseáis hoy por cualquier pueblo o ciudad francesa, encontrareis a vuestro paso puestecillos improvisados donde comprar la pequeña flor. De padres a hijos, de abuelos a nietos, entre enamorados…todo el mundo puede regalar y a su vez ser sorprendido con un ramito. 

Recibir flores siempre es un placer, y si encima el gesto viene acompañado de una significación tan bonita, pues es aún mayor la alegría. 

La gran pena es que hoy el tiempo no acompañe. No ha dejado de llover desde primera hora de la mañana. Una lluvia densa y encima acompañada de viento que hace muy difícil el que apetezca salir de casa. El tiempo, eso si, invita a acurrucarse en el sofá con un buen libro en mano. 
Yo he elegido a Vita Sackville-West y a sus eduardianos para que me acompañen. Ojalá la lectura me proporcione la misma satisfacción que la vista del muguete que adorna mi escritorio.

Muy feliz primero de mayo, en especial a todos los trabajadores y a los que desgraciadamente no pueden serlo.

La reina Victoria cumpliendo la tradición.