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viernes, 8 de abril de 2016

La casa del profesor de Willa Cather

Willa y flores amarillas, buena combinación.
Y por fin, demos paso a Willa Cather. Ya os hablé por aquí de Pioneros y de Shadows on the Rock (dos novelas suyas que me encantaron), y hoy le llega el turno a La casa del profesor; una novela breve, enigmática y llena de silencios, que me perturbó sobremanera.

Veréis, todo empieza con una mudanza. Corren los años 20 y nos situamos a orillas del lago Michigan. El profesor St. Peter, un prestigioso historiador, está a punto de abandonar el que ha sido su hogar durante más de veinte años. 

La nueva posición de prestigio que ocupa en el seno de la universidad ya no encaja con su vieja casa, algo destartalada y parca en comodidades. Por eso, y para regocijo de su esposa e hijas, toda la familia decide trasladarse hasta una nueva mansión. 
Es entonces cuando el profesor echa la vista atrás y hace balance de lo que ha sido su vida.  La relación que ha mantenido con su familia, los altibajos de su trayectoria académica y por encima de todo el papel que cierto alumno suyo jugo en el desarrollo de ambas.

En los primeros compases de la novela se nos presenta a la familia del profesor, a su esposa, sus dos hijas, sus yernos y el clima familiar que se respira en la vieja casa. Estampas de la vida cotidiana de una familia de clase media-alta, apacibles en apariencia, pero en absoluto idílicas. Muy pronto somos testigos de la infelicidad del profesor St.Peter; del profundo sentimiento de opresión que siente entre los muros de su hogar. Willa Cather describe a la perfección el ambiente cerrado, cálido y asfixiante de la casa; el monótono discurso de unos familiares preocupados únicamente por el dinero, las compras y la posición social. Y frente a eso, dibuja el único espacio liberador de la novela, la vieja buhardilla en la que el profesor puede refugiarse, aislándose de ese mundo hostil y materialista que le rodea. Un sitio en el que resuena con fuerza el nombre de Tom Outland, ese antiguo alumno que entró en su vida como un soplo de aire fresco, para inspirarle y remover su conciencia.


Cliff Palace en Mesa Verde, el lugar donde se desarrolla la
aventura que cambió la vida de Tom Outland y mi parte
favorita de la novela.
No os miento si os digo que sentí una especie de rechazo cuando empecé a leer la novela. Creo que aturdida es la palabra perfecta para describir mi estado mientras avanzaba con la lectura. La estructura y la forma en la que Willa desarrolla su historia es diferente, experimental con respecto a sus otros trabajos. Después de haber leído Pioneros, Shadows on the Rock y Mi Antonia quedé francamente sorprendida con la forma. Dejando a un lado la narración lineal, La casa del profesor está dividida en tres partes claramente diferenciadas; la primera y la última comparten el mismo espacio y el mismo tiempo; pero no así la parte central de la novela, donde Willa introduce brevemente la historia de Tom Outland y sus aventuras en los fascinantes yacimientos de Mesa Verde.

Al principio puede desconcertar un tanto este recurso narrativo; pero pronto me di cuenta de que funciona a la perfección. Willa ya dejaba muy claras sus intenciones al escribir La casa del profesor en su ensayo On Writing: 

"Justo antes de comenzar el libro vi en París una exposición de pinturas flamencas antiguas y modernas. En muchas de ellas la escena representaba un salón de cálida decoración, o una cocina llena de alimentos y utensilios de cobre. Pero en la mayoría de los interiores había una ventana cuadrada, a través de la que se veían mástiles de barcos o un retazo de mar gris [...] en mi libro intente hacer la casa del profesor ST.Peter sofocante y abarrotada de objetos nuevos [...] hasta que uno terminaba bastante agobiado. Luego quise abrir la ventana cuadrada para dejar entrar el aire que soplaba de Mesa Azul y el elegante desprecio hacia las trivialidades que había en el rostro y la conducta de Tom Outland."


Como un soplo de vida en un mundo viciado, los momentos pasados con Tom Outland fueron los únicos felices para el viejo profesor. En él, en su recuerdo, quedaban los ideales de juventud, de amistad y aventura. Un tiempo de posibilidades y esperanzas que nunca volvería y que se recuerda una y otra vez a lo largo de la novela. 

Ya veis que esta no es una historia alegre ni optimista. Ser testigos de estas reflexiones, hechas en la recta final de una vida, es triste, verdaderamente triste. La impresión final que me dejó La casa del profesor fue lo doloroso e insatisfactorio que puede ser el darse cuenta de haber vivido influenciado por las presiones externas, por la inercia y no por las propias decisiones que uno toma.

Willa Cather visitó las ruinas de Mesa
Verde, Colorado, en 1915. Allí fue donde
encontró la inspiración para escribir
"La casa del profesor".
El profesor St.Peter me recordó en cierto modo a Stoner; no por sus similitudes si no por sus diferencias. Stoner fue siempre fiel a sus principios, incluso aunque eso conllevase hacer infeliz a su familia, y por eso empaticé más con él y con su vida gris que con la de este aclamado profesor; un hombre que terminó traicionando al niño que fue y sus deseos de juventud.

Si vais a acercaros a la obra de Willa Cather por primera vez, yo os recomendaría empezar con Pioneros. Dejad La casa del profesor para más adelante. Los silencios son numerosos en la obra de Willa y quizá en esta novela aparecen con demasiada fuerza. Empezad con las obras en las que describe las praderas del medio oeste que tan bien conocía. Estoy segura de que amareis su estilo, su fuerza única y regresaréis a ella una y otra vez.

Un fuerte abrazo y muy felices lecturas a todos.

PD. Aquí os dejo este completo y fascinante artículo del Smithsonian sobre las posibles causas de la abrupta desaparición del pueblo anasazi (el yacimiento de Mesa Verde es uno de los máximos vestigios de su cultura). Y si os interesa saber un poquito más sobre las posibles causas que contribuyeron al colapso y la desaparición de algunas de las antiguas civilizaciones, os recomiendo este libro de Jared Diamond. Seguro que resolverá muchos de vuestros interrogantes y os hará plantearos muchos otros. 

martes, 16 de junio de 2015

Shadows on the Rock de Willa Cather

Edición francesa de la novela editada por Rivages.
Lamentablemente no he podido encontrar ninguna edición
en castellano.
A principios de mes terminé uno de los libros que me traje de Nueva York; una edición bastante viejita y feúcha de Willa Cather living, a personal record de Edith Lewis.
Lo cierto es que cuando lo compré no tenía ni idea de quien podía ser Edith Lewis;  pero los dos dolares que gasté en su concisa, íntima y emotiva biografía de Willa resultaron ser una de las mejores inversiones del viaje.
Son muchas las vivencias que Edith comparte en su libro: anécdotas de la niñez y juventud de Willa contadas en confidencia por la propia escritora, el tortuoso camino hacia el éxito literario, viajes, descubrimientos, pérdidas…la larga amistad que ambas compartieron es un caudal de recuerdos casi inagotable; pero, dado que yo acababa de terminar Shadows on the Rock, un episodio llamó especialmente mi atención, el viaje que Willa y Edith hicieron a Quebec en el verano de 1928.

Edith escribía a próposito:

"Desde el primer instante en que Willa se asomó por las ventanas de Frontenac y observó los tejados puntiagudos y las líneas normandas de la ciudad de Quebec, se mostró inquieta y hechizada, abrumada por una marea continua de reminiscencias; allí, aislado e intacto durante cientos de años, permanecía el espíritu francés original,  una aparición milagrosa rodeada por un continente extraño".

Fue durante este viaje cuando Willa encontró la inspiración para escribir Shadows on the Rock, una novela histórica ambientada en el Canada del siglo XVII. En ella volvía a apropiarse de la experiencia de los pioneros europeos en el continente americano.

La acción se inicia en 1697 con la presentación de Auclide Auclair, sabio y respetado boticario y su pequeña hija Cécile. Ocho años han transcurrido desde el día en que ambos dejaron París y se instalaron en Quebec aprovechando la protección de su patrón y gobernador el Conde de Frontenac. Durante todo este tiempo padre y hija han sido capaces de construir un pequeño hogar y de granjearse el cariño de sus conciudadanos. Pero el aislamiento, los contratiempos y los peligros de una tierra todavía indómita provocan en Auclide el deseo de volver a la vida tranquila y civilizada de las orillas del Sena.

Pero si para el boticario esta aventura solo debe ser temporal, la pequeña Cécile no imagina tener que decir adiós al lugar donde ha crecido y al que ya considera su hogar.

Grabado de Quebec representando la ciudad en la época en la que transcurre
la novela. 
Shadows on the Rock es una novela llena de sentimientos encontrados; nostálgica y pausada en lo que concierne a Auclide y viva y alegre desde la óptica de Cecile. Sus páginas reflejan a la perfección el conjunto de emociones que trae consigo la experiencia de la emigración: nostalgia por el país que se deja atrás, tristeza, esperanza, entusiasmo, energía… estados de ánimo que Willa ya había infundido en los personajes de otras de sus historias como Pioneros o Mi Antonia, y que en Shadows on the Rock vuelven a cobrar todo el protagonismo.

Qué puedo deciros, Willa me desarma con su maestría, con su extraordinaria capacidad para describir personalidades y localizaciones, para reconstruir un retazo de historia y hacerla vivir ante nuestros ojos. Escribir novela histórica, o al menos una buena novela histórica no es fácil. No basta con vestir a tus personajes con ropa de época, subirles a un caballo y construirles una vivienda adecuada a los cánones. La historia debe nutrirse y descansar hasta en los más mínimos detalles: olores, sonidos, comidas y costumbres deben sustentar sus páginas; y eso es lo que consigue precisamente Willa.  

Con puntual precisión no solo introduce episodios y personajes históricos que dotan de rigor su trama: como la fascinante aventura de "les filles du roi", los tejemanejes de la lejana corte del gran Luis XIV o la propia historia del Conde de Frontenac, uno de los protagonistas de la novela, sino que centra su atención en la vida cotidiana de la colonia: en los días de mercado, en el trabajo de botica con sus ungüentos y remedios, en las preparaciones para el largo invierno, cuando los habitantes de Quebec se proveen de leña y víveres suficientes hasta la llegada de la primavera; y como no en ese momento de octubre en el que se escriben apresuradamente las cartas que zarparán en el último barco que sale hacia Francia. Un barco que no volvería con nuevas noticias hasta bien entrado el mes de julio.
La ciudad vive al ritmo de la vida de sus personajes y es un personaje en si misma; y es que en las novelas de Willa Cather el paisaje, la tierra que habitan sus protagonistas lo es todo. Ella forja su carácter y decide sus destinos.


Así eran los barcos que cruzaban el
Atlántico en los siglos XVI y XVII.
Así ocurre con Auclide Auclair y el Conde de Frontenac, figuras nostálgicas que viven casi como desterradas en ese reducto aislado al otro lado del Atlántico. Un destino muy distinto al de Cécile, quien ha aprendido a amar su nueva tierra, y al de Pierre Charon, personaje que encarna la imagen romántica del trampero libre de los grandes bosques, el aventurero que forja su propio destino.   Ellos encarnan a los europeos del nuevo mundo, frente a la generación anterior apegada a sus raíces, y serán ellos los encargados de construir otras realidades,  lejos de sus países de origen. 

Shadows on the Rock es un libro pausado y descriptivo, forjado al ritmo de las distintas estaciones y sus respectivos ritos. Una lectura que confirma el respeto y la admiración que siento por la escritura de Willa Cather. 
Si todavía no le habéis dado una oportunidad, os animo a que leáis alguna de sus novelas sin ninguna hesitación; espero que encontréis en ella una autora a la que conservar con cariño en vuestras estanterías.

Un abrazo y muy felices lecturas a todos.

PD. Shadows on the Rock ocupa el año 1931 en mi Century of Books.

miércoles, 14 de enero de 2015

Pioneros de Willa Cather

Edición de Alba y dedicatoria a Sarah Orne Jewett.
No perdamos más tiempo y empecemos ya la temporada 2015.
Aunque se remonta al mes de Octubre, recuerdo a la perfección el soplo de aire fresco que supuso  para mi esta novela. Había tenido una racha bastante larga de lecturas europeas e intimistas y de pronto sentí que había llegado el momento de abrir horizontes y afrontar desafíos.
Fisgoneé entre mi estantería americana para poner remedio al asunto y dos títulos llamaron enseguida mi atención, Cartas de una Pionera de Elinore Pruitt Stewart (devorada con fruición y de la que os hablaré esta misma semana) y Pioneros de Willa Cather, que es la lectura que nos ocupa hoy.
Bastó con abrir el tomo de Pioneros para llevarme la primera sorpresa agradable. La "culpable", esta dedicatoria: "A la memoria de Sarah Orne Jewett, en cuyo hermoso y delicado trabajo está la perfección que perdura".
Ya sabéis que el libro de Sarah, La tierra de los abetos puntiagudos, se convirtió en una de mis mejores lecturas del 2014 y encontrar este sincero y certero homenaje de Willa, me conmovió muchísimo. ¡Que grandes amigas y que grandes escritoras fueron ambas!

Con este alegre estado de ánimo empecé la novela, pero lo cierto es que Willa me dio poco tiempo de tregua. Desde los primeros compases me arrastró de lleno a la crudeza del paisaje en el que iba a enmarcar su historia. 

Familia de homesteaders de Nebraska
Corren los años finales del siglo XIX cuando los Bergson, al igual que muchas otras familias de emigrantes europeos, se instalan en las inhóspitas tierras de Nebraska. Su única esperanza, prosperar.
Pero, a pesar de los muchos esfuerzos del cabeza de familia por doblegar la tierra, todo resulta en vano. Este muere dejando en manos de su hija Alexandra el futuro de los Bergson. Ella, una joven inteligente y capaz es la única que puede explotar las enormes posibilidades y la riqueza que la pradera tiene que ofrecer.

Pasarán largos años de dura lucha y enormes sacrificios hasta que Alexandra, ayudándose de la fuerza física de sus hermanos mayores y de la dulce compañía de Emil su hermano menor, consiga convertirse en una prospera propietaria. Pero el luminoso futuro que vislumbra para su familia no podrá sortear las nubes de tormenta que se alzan en el horizonte. Y es que, ni los caprichos de la tierra ni las pasiones humanas pueden ser  doblegadas eternamente.



"Un día de enero de hace  treinta años, la pequeña ciudad de Hanover, anclada en la meseta de Nebraska, intentaba que no se la llevara el viento. Una neblina de ligeros copos de nieve se arremolinaba en torno al puñado de edificios bajos y sin gracia  que se amontonaban  sobre la pradera bajo un cielo gris. Las viviendas se distribuían  caprichosamente por el duro terreno de la pradera; algunas tenían aspecto de haber sido colocadas allí durante la noche, y otras parecían alejarse por si solas  dirigiéndose directamente hacia las llanuras abiertas . Ninguna daba la sensación de permanencia  y el viento  ululaba y soplaba tanto por debajo como por encima de ellas."

No he podido evitar compartir con vosotros las primeras líneas de Pioneros para que os hagáis una idea de lo evocadora que es la prosa de Willa.  Pulcra, depurada, en apariencia sencilla, pero llena de una profunda belleza. ¿No habéis notado al leer esas líneas el aire gélido, la sensación de desamparo de estar en medio de una ciudad que parece a punto de echar a volar? Eso era el Oeste, un mundo nuevo e inestable.
Interior de un hogar de pioneros suecos.
¡Que hermosa sencillez!
Sin duda Willa conoció muchos inviernos como el que describe. Puede que naciese en Virginia, pero  fue y será recordada siempre como una hija de la frontera. Una de esas niñas que llegaron al Oeste junto a su familia y aprendieron a amarlo pese a su dureza desafiante. Pocos como ella supieron plasmar por escrito la belleza de las desiertas praderas de Nebraska; un testimonio que hoy permanece vivo en sus novelas.

Pioneros es ante todo un canto a la tierra, a sus caprichos y a sus bendiciones. Si la leéis, pronto os daréis cuenta de que el entorno en el que se enmarca la historia, no es un mero decorado, sino un personaje a parte entera, quizá el más importante. La descripción del paisaje es grandiosa, y el retrato de naturaleza humana que construye Willa en la galería de personajes que pueblan Pioneros, no se queda atrás.
Todos ellos son poderosos, genuinos; y aunque todos me han aportado algo, ninguno me ha cautivado  tanto como Alexandra. 

La protagonista de la historia es una mujer cálida y afectuosa que no duda en sacrificar su vida personal en pos de la misión que le encargó su padre. Pronto, al igual que  él, experimenta ese amor profundo que puede sentirse por la tierra, por ese mundo nuevo y prospero que uno puede crear con el trabajo de sus propias manos. Es conmovedor acompañarla desde su juventud hasta el momento en el que se convierte en una mujer íntegra y respetada. Y es que, su imaginación, su fe en la idea de progreso y en ese glorioso futuro que vislumbra para la generación de su hermano Emil, es lo que hace latir las páginas de la novela. No importan las dificultades que Alexandra va encontrando en el camino, la avaricia y la oposición que enarbolan contra ella sus hermanos mayores; de una forma u otra siempre encuentra un modo de salir adelante.

Junto a ella es imposible no encariñarse con  el "loco" Ivar. O con el dulce Carl, el único amigo y compañero que Alexandra ha tenido en su vida. Y como no con Emil, un joven brillante que desgraciadamente se enamora de la única mujer que tiene prohibido amar.  
Son muchos los personajes que pueblan la novela: los vecinos bohemios, con la bella Marie a la cabeza, la alegre comunidad francesa que vive río arriba, los noruegos un poco más serios y envidiosos a ojos de Alexandra… todos ellos interactuan en bailes, reuniones y labores agrícolas, creando lazos y relaciones más o menos amigables. Así, como veis estamos muy lejos de la imagen de los pioneros solitarios que se enfrentan individualmente a lo desconocido.


Go west!
Pioneros es sin duda un certero testimonio de la experiencia comunitaria que supuso la colonización del Oeste americano, al menos en las últimas décadas del siglo XIX. Testimonio de esa aventura emprendida por individuales o por familias más o menos extensas, que viajaron desde la costa este americana y de multitud de países europeos con la intención de empezar de nuevo. 
Suecos, noruegos, bohemios, alemanes, franceses…todas las nacionalidades se confundían en las caravanas blancas que avanzaban hacia las praderas y más tarde en el recién inaugurado ferrocarril.  A todos ellos les separaban distintas lenguas y costumbres, pero les unía la misma esperanza de encontrar una nueva vida lejos de sus antiguos hogares.

Esa es una de las cosas que mas me gustaron de Pioneros, como Cather muestra la voluntad que todos tienen de prosperar en sus nuevas tierras, pero como al mismo tiempo mantienen la nostalgia y el apego por el país que dejaron atrás. Unos lazos y costumbres que cada comunidad intenta mantener en su nuevo hogar, como una forma de conservar raíces y un legado que transmitir a las próximas generaciones.

Sirviéndose del ejemplo de los Bergson, Willa Cather construyó en Pioneros el retrato de estas gentes valerosas que lucharon en ese mundo extraño y hostil de la frontera. Algunos como Alexandra lograron triunfar, a pesar de que el futuro no siempre es tan brillante como uno espera y la vida decide destinos y caminos en las formas mas insospechadas. Otros como Carl, tuvieron que hacer las maletas y regresar al este. Aunque nunca es tarde para las segundas oportunidades.
Willa Cather
Pioneros es al fin y al cabo una historia de superación, de errores y victorias. El retrato de una mujer capaz y valiente que supo echar por tierra la imagen de debilidad y dependencia que por fuerza arrastraban consigo las mujeres. Una historia en la que el amor, la soledad y la tragedia avanzan de la mano, hasta un final agridulce pero completamente acertado.

Tengo que reconocer que no me hubiese importado que la novela hubiese tenido otro buen puñado de páginas. Que Willa se hubiese detenido con más cuidado en ciertas tramas, que a mi gusto han sido demasiado breves. Pero como siempre, tratándose de su pluma, ha sido una magnifica lectura.

Si todavía no conocéis a Willa Cather, dadle una oportunidad. Estoy casi segura de que no os arrepentiréis.

Un abrazo grande y ¡muy felices lecturas!

PD. Pioneros ocupa el año 1913 en mi Century of books.
PD1. Existe una adaptación televisiva de la novela protagonizada por Jessica Lange; no he podido encontrarla entera para verla, pero tras ver el trailer, no ceso en mi empeño :) Ya os contaré que tal es si consigo hacerme con ella algún día.