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martes, 20 de noviembre de 2018

Regreso a Aix-en-Provence.

El fin de semana pasado, después de cinco años de ausencia, volví a visitar Aix-en-provence

Con la excusa de un cumpleaños en Marsella, decidimos hacer un alto en esta pequeña ciudad que forma parte de mi misma.
En Aix estudié gran parte de la carrera, conocí a los que aún hoy son mis mejores amigos y maduré hasta convertirme en la chica que escribe estas líneas.
Creo que cualquier lugar en el que se hayan vivido estas experiencias, se convierte en un sitio mágico, único a nuestros ojos; pero si a ello le sumamos la belleza de la pequeña capital de la Provenza...no hay palabras para describir la nostalgia que me envuelve cuando pienso en ella.

Place d'Albertas

Aix es una ciudad coqueta y elegante, pese al aspecto decadente que muestran las fachadas de algunos de sus edificios. Dicen los carteles que la publicitan, que Aix es ciudad de artes y de agua, y están en lo cierto (su propio nombre lo indica). No hay calle en Aix que no invoque al arte, que no inspire el ojo del artista; y sobre todo no hay calle en Aix que esté en completamente silenciosa, incluso a altas horas de la madrugada. Casi todas sus calles están colmadas del murmullo incesante de una fuente cercana. Las hay esculturales o sencillas, escondidas o ilustres, de agua fría o templada.


Mis preferidas: Fontaine des Quatre Dauphins y Fontaine des Trois Ormeaux.

Ahora, en estos días de noviembre, el sonido de lluvia se suma al de las fuentes dando un irresistible toque otoñal a las calles empedradas. En el suelo y en las copas de los árboles, se arremolinan las últimas hojas y, mientras camino sobre ellas, contemplándolo todo bajo mi paraguas, no puedo evitar mostrar una sonrisa en los labios y un punto de tristeza en la mirada. Qué se le va a hacer. Ciertos lugares ocupan parte importante de nuestro corazón. Guardan en cada una de sus calles, plazas y esquinas, tantos recuerdos y tantas vivencias, que es imposible no sentir al volver a ellos, una mezcla de alegría y congoja.
Nostalgia por los tiempos que fueron, por aquello que fuimos y por todo lo que aún permanece en nuestro corazón y en nuestra memoria. 


Viejas costumbres. Merendar en la Maison Weibel y pasear por
las calles de Aix hasta llegar al Cours Mirabeau.

Si un día tenéis la oportunidad de venir, intentad hacerlo en plena primavera, antes de que lleguen los sofocantes días del verano. El olor a lavanda, a hierbas de Provenza y a jabón os guiará hasta uno de los muchos mercados tradicionales. El de la Place Richelme, el del Hôtel de Ville y el de la Place des Prêcheurs son mis preferidos.

Comed una porción de pizza o una focaccia en el Pizza Capri de la Rue Fabrot y probad un crêpe de Crêpes a Go Go, bajo la Place de La Rotonde. En la mano, sentados en un banco del cours Mirabeau, como si fueseis estudiantes que penan por llegar a fin de mes. Cuántas veces lo he hecho yo con mis compañeras, mientras cargaba con un ramo de girasoles o margaritas comprados en el mercado. Un auto regalo semanal, que me valió el sobrenombre de la fille aux fleurs en la residencia universitaria.

Cuando estéis en Aix honrad a sus dos chicos ilustres. Uno, pintor visionario, acabaría revolucionando la historia de la pintura; el otro haría otro tanto con la literatura. El tiempo terminó por separarles, pero ambos fueron inseparables durante los días de primera juventud, entre el Collège Bourbon y las colinas del Pays d'Aix. Esa es la imagen que me gusta conservar de Paul Cézanne y Emile Zola. Dos maestros que aprendí a amar en Aix. 
Hoy una elegante brasserie del Cours Mirabeau lleva el nombre de Les deux Garçons en su honor. Es algo cara, pero bien merece la visita.


Rue des Bouquinistes Obscurs, la librería donde empezó mi relación con los libros
de ocasión y la Librairie Anglaise de Aix, donde me refugiaba con mi inseparable
amiga Stephanie.

Mientras paseaba por Aix, imaginaba el retrato que Zola hizo de ella en La fortuna de los Rougon (primer volumen de su serie Les Rougon-Macquart). Ahí estaban el Cours Mirabeau, principal arteria de la ciudad, en la que todo Aix se congregaba para ver y ser visto. El aristocrático Quartier Mazarin, situado al sur de la avenida. Y al norte, el barrio medieval con sus calles abigarradas y estrechas. 
Hoy, pocas cosas han cambiado y la ciudad sigue repartida entre estos tres mundos. 
Si podéis, leed La fortuna de los Rougon antes o durante vuestro viaje a Aix. Podéis comprar un ejemplar en una de las librerías de la ciudad, con la Librairie Goulard y Rue des Bouquinistes Obscurs a la cabeza (ambas fueron mi segundo hogar durante mis años en Aix). 

Comed calissons y rebanadas de pan con tapenade. Chocolate de Puyricard o pralinés de la Maison Weibel. Sentid la explosión de sabores de esta tierra provenzal, que tanto aúna de Francia y de Italia, en olores, en arte y en la forma de ver la vida.
Si vais hasta allí, disfrutad al máximo de la visita y, por favor, mandadle a la ciudad (por lo bajito) un saludo de parte mía.

Muy feliz semana a todos.

jueves, 8 de diciembre de 2016

Otoño en Escocia y algunos libros



Señor. Octubre y noviembre han volado del calendario y apenas he tenido tiempo de nada. ¿Tenéis una mudanza en perspectiva? Si la respuesta es si, entonces ¡ánimo! Cuando parece que el caos no terminará nunca, de repente está todo otra vez en su sitio y te sientes de nuevo en casa.

Me hubiese gustado publicar esta entrada mucho antes pero bueno, aquí os dejo por fin algunas notas y fotografías de la escapada que hice a Escocia a finales de octubre (al paso que voy ya os hablaré de Islandia en 2017). Si ya conocéis Edimburgo, espero que este paseo os traiga buenos recuerdos y si todavía tenéis la visita pendiente, no la pospongáis demasiado. Edimburgo es una ciudad fascinante que estoy segura no os dejará indiferentes.

En esta ocasión Jean y yo apenas tuvimos tiempo de pasear y de disfrutar de la ciudad. Llegamos un jueves por la tarde y nos fuimos al día siguiente, así que ya veis, fue más un: "Hey! Nos vemos pronto que ahora tengo prisa", que una verdadera visita. Pero bueno tuvimos tiempo de pasear por la Old Town al atardecer y de visitar el cementerio de Greyfriars; de cenar en un pub de Grassmarket y  de extasiarnos con las vistas en la habitación del hotel, mantita en mano. Todo muy apropiado para una noche otoñal escocesa. 
No se si os ocurrirá a alguno de vosotros, pero tengo que confesaros algo: a mi Edimburgo me fascina y atemoriza a partes iguales. Podéis echarle la culpa a R.L Stevenson, a Burke y a Hare, a Deacon Brodie o, sobre todo, a mi amiga Stephanie (compañera de aventuras en mi primer viaje a Escocia) y a su retahíla de historias de fantasmas escoceses. A la luz del día, todo va sobre ruedas; Edimburgo me maravilla con su sobria elegancia, con sus jardines, y las siluetas de sus castillos a cada extremo de la Royal Mile. Pero al caer la noche, cuando la niebla remonta desde el estuario del Forth y cubre la ciudad, entonces todo cambia. Vienen a mi mente historias de aparecidos que acechan en la oscuridad de los close de la Royal Mile; de asuntos turbios que involucran a ladrones de cadáveres y a otros hombres de ciencia... Es entonces cuando os prometo que no me viene nada mal una pintilla de Strongbow o de Guinness para reforzar el espíritu y aligerarme un poco el ánimo.  Que le vamos a hacer,  son los gajes del oficio de un alma impresionable y romántica.

Como veréis en las fotografías el otoño le sienta bien a Escocia. Bien, es cierto que está majestuosa en cualquier estación, pero hay algo en la atmósfera otoñal que conecta a la perfección con estas tierras.


Cuando llegué a la habitación del hotel y vi esta imagen, me planteé no salir de la terraza hasta el día siguiente.




La catedral St.Giles y el Market Cross de la Royal Mile
Callejeando por Victoria Street (no os olvidéis de entrar en esta tienda Museum Context para conseguir los mejores souvenirs de Escocia) y los close que bordean la Royal Mile.


Bellas lápidas del cementerio de Greyfriars Kirk

Siluetas de la Old Town al anochecer (ahí es cuando empezaba a hacerme falta un
lingotazo de whisky :D)
A la mañana siguiente nos despertamos temprano para disfrutar de un paseo por "The Meadows"

Y por supuesto no podía despedirme de Edimburgo sin visitar alguna de sus librerías. En The Old Town Bookshop eché un vistazo rápido y vi que estaban muy bien surtidos en material sobre la historia escocesa (aficionados, este es vuestro sitio). Pero mi objetivo principal era Armchair Books, una librería de segunda mano que es una auténtico paraíso para los que gustamos de los libros con historia a sus espaldas. La visita prometía y no defraudó en absoluto. Hubiese pasado horas con la cabeza metida entre las estanterías que cubren hasta el último rincón de la tienda. El espacio es exiguo pero ¡vaya colección tienen tras esa puerta verde! Ficción, ensayo, libros ilustrados...tenéis material para todos los gustos y sobre todo ediciones antiguas (como las de Methuen&Co) que harán las delicias de los buscadores de "novelas olvidadas".  

Una vez en posesión de algunos libros, recogimos las maletas en el hotel y nos fuimos a la estación de Waverley para coger el tren hacia Aberdeen. Dos horas y media más tarde Emmanuel y Marion nos recogían para llevarnos a su casita de Tollohill Crescent. Apenas teníamos un día completo antes de viajar a Islandia (de ahí la escala en Aberdeen, para poder despegar los cuatro juntos en un avión de playmobil que ya os enseñaré), pero pudimos dar un buen paseo por Aberdeen y hacer una pequeña escapada a Stonehaven y al Castillo de Dunnottar.

Vista de Stonehaven; el sticky toffee pudding que me comí en The ship Inn; no podía faltar el cuadro dedicado
a Robert Burns en el museo de historia de Stonehaven y finalmente una vista del castillo de Dunnottar antes de
que empezase a llover con ganas.

Poco os puedo contar de Aberdeen, porque apenas pasé una mañana visitándola; pero os puedo asegurar que hace honor a su nombre, la ciudad de granito. Todos sus edificios están construidos con esta piedra y el ambiente general es inconfundiblemente gris.  Aberdeen es una ciudad volcada al mar del Norte, a la pesca y, sobre todo, al petróleo. Emmanuel que trabaja para una compañía petrolífera nos hizo una visita guiada por el Museo Marítimo de la ciudad (gran parte de él está consagrado a la vida en las plataformas) y así pudimos darnos una idea de lo mucho que el oro negro significó y, aún hoy en plena crisis, significa para la ciudad. 

Stonehaven por su parte, es un entrañable pueblecito costero cuya visita disfruté muchísimo. De color gris y carácter robusto, sus casas parecen bien dispuestas para enfrentar las tempestades del Mar del Norte. Tempestades de las que ha sido testigo, a lo largo de muchos siglos, el Castillo de Dunnottar. Su silueta recortada frente al mar es todo lo que uno puede desear de un castillo escocés. Es una lástima que esté en ruinas (me acordé muchísimo de nuestra visita años atrás al castillo de Urquhart), pero darse un paseo por sus torreones merece totalmente la pena. 
Si pasáis algún día por Stonehaven os recomiendo la comida del albergue "The Ship Inn". Su ambiente marinero y sus productos locales os dejarán un muy buen recuerdo de la cocina escocesa (no todo es haggis por esos parajes, gracias a Dios).

Antes de despedirme, os enseño (respetando la tradición) los libros que me traje en la maleta. Como ya os dije por Instagram, los compré todos en Armchair Books y si no llega a ser  porque me iba a Islandia...yo no se la de libros que me hubiese traído de allí. Las ediciones antiguas que puedes encontrar en los altillos de cada estantería son tesoros (eso si, cuidado cuando uséis la escalera de mano; que alguien os la sujete bien mientras andáis por las alturas, porque yo casi me descalabro cuando fui a buscar "Anna of the Five Towns"). 

Al final (con todo el dolor de mi corazón y alegría de mi bolsillo) estos son los únicos libros que me traje: 

- Anna of the Five Towns, una de las primeras novelas de Arnold Bennett.
- Fidelity de Susan Glaspell, uno de los títulos Persephone que tenía en mi punto de mira desde hace tiempo.
- A Book of Comfort de Elizabeth Goudge, un pequeño volumen que contiene una selección de sus poemas favoritos.
- Y para terminar  In search of England de Roy Hattersley, un recorrido por los lugares de predilección del autor, en el que tienen cabida: los paisajes, el arte, los personajes ilustres y las costumbres inglesas. Veremos que tal resulta.


Recién llegados a casa
Ahora si, me despido. Ya lo compartí años atrás con vosotros, pero para la ocasión vuelvo a invitar a mi amigo Charles (véase su alteza) para que recite uno de los más bellos poemas de Robert Burns, el bardo de Escocia. Podéis escucharlo aquí:

"My heart's In the Highlands, my heart is not here,
My heart's In the Highlands, a-chasing the deer"...

Un fuerte abrazo a todos y muy felices lecturas.







jueves, 9 de junio de 2016

Londres, diario de viaje.

Como prometido, aquí os traigo algunas fotografías e impresiones de nuestra última escapada a Londres. Nuestra última visita databa de 2014 y lo cierto es que ya notábamos la nostalgia y las ganas de reencontrarnos con la ciudad. Pocas cosas nuevas puedo enseñaros con respecto a los diarios de viaje que ya compartí con vosotros años atrás (I, II, III). Londres es nuestro pequeño (gran) rinconcito al otro lado de la Mancha; tenemos pequeñas costumbres y tradiciones que nos gusta respetar, y aunque pequemos de repetitivos...¡qué le vamos a hacer! En muchos parques y squares, en museos, librerías y cafeterías hemos construido recuerdos muy felices; por eso volver a ellos es casi como volver a casa. En esta entrada os invito pues a dar un paseo a través de las fotografías que fui tomando durante nuestra estancia (perdonad la calidad de algunas, hechas deprisa y corriendo con el móvil). ¿Os apetece? Pues ¡vamos allá!

Nuestra habitación en el momento en que tomamos posesión
Como suele ser habitual hicimos de Bloomsbury nuestra base de operaciones. El hotel que escogimos esta vez fue una opción agradable y recomendable. Nuestra habitación, con sus tres grandes ventanales, tenía mucha luz, un baño completamente renovado y el desayuno buffet correcto. Así que si tenéis pensado ir a Londres puede ser una estupenda opción. 
Una vez libres de maletas y después de una parada para comer en The Queens Larder (pub tradicional situado en una pequeña calle peatonal junto al hotel) estuvimos listos para empezar las caminatas. Tuvimos suerte de tener una temperatura muy agradable, fresquita y perfecta para pasear. 

"En Londres todo esta construido alrededor de una plaza con frondosa vegetación; en cada paseo que doy descubro pequeños oasis". Esta cita de "La duquesa de Bloomsbury Street" de Helene Hanff describe a la perfección la impresión que me produce pasear por Londres. Me encanta andar sin rumbo fijo y caer de pronto y por sorpresa en uno de estos oasis. Con el paso de los años he ido recorriendo muchos de ellos y he ido eligiendo los que más me gustan. Bloomsbury Square, es uno de ellos.  

Quizá sea porque imagino a Mary Datchett tras una de esas ventanas,
esperándome para charlar un rato de todo y de nada.

En nuestro camino hacia la National Portrait Gallery, tomamos un desvío hacia Charing Cross para una primera ronda de librerías. Foyles y Any Amount of Books fueron nuestros objetivos. 

Típica foto en Foyles, pero imposible resistirme.
Any Amount of Books o el arte de ver muchos libros que me gustan y no puedo permitirme

Un ratito después llegamos a nuestra cita con Charlotte Brontë. La National Portrait Gallery le ha dedicado una pequeña exposición con motivo del 200 aniversario de su nacimiento. Y cuando digo pequeña, no lo digo en sentido figurado. La exposición apenas ocupa una sala, la número 24; pero pese a su tamaño consigue trazar con éxito todas las etapas de la vida de Charlotte. 
Los héroes de su infancia y los escritores que la influenciaron están presentes; también los retratos y algunas fotografías de sus familiares y personas más allegadas. El toque más íntimo y emotivo de la muestra, lo constituye la pequeña selección de objetos personales de Charlotte. Me emocioné muchísimo al ver algunos ejemplares de los pequeños libritos ilustrados que Charlotte escribió siendo niña junto a sus hermanos; viendo sus diminutos zapatos y algunas de sus cartas. 
Entre todos los documentos una ilustración se me clavó en el alma. 
En una carta que Charlotte escribió a su amiga Ellen Nussey desde Bruselas, no dudó en autorretratarse con crudeza. Mientras que su amiga Ellen aparece bien vestida, hermosa y acompañada de un apuesto caballero; Charlotte aparece representada en la orilla opuesta, mal vestida, poco agraciada y sola. De sus labios sale un único: adiós.
 ¿Qué sentiría en el momento en que escribió esa carta? Veo en ella y en esa representación, ecos de los personajes que estaban por nacer: Jane Eyre y Lucy Snowe.  Pequeñas, poco agraciadas, casi insignificantes, pero con esa enorme fuerza interior que las lleva a cambiar su destino. 

Me hubiese encantado que la exposición fuese más amplia, pero aún así la encontré adecuada y muy emotiva. Sin duda uno de los mejores momentos de nuestra escapada.

Entrada a la sala 24 de la National Portrait Gallery
Esta es la ilustración de la carta que os citaba antes.

El resto de la tarde paseamos por St. James's Park mientras el cielo amenazaba con una lluvia inminente. Las tumbonas del parque estaban todas recogidas, esperando un día más apacible, y pocos grupos de amigos se atrevían a permanecer tumbados en el césped. Nosotros tampoco quisimos exponernos a un chaparrón y decidimos atravesar Green Park hasta llegar a Piccadilly. Aquí es donde cayeron las primeras compras: mermelada en Fortnum y algunos productos de parafarmacia en Boots (la mascarilla de albaricoque St.Ives, The righteous Butter Body lotion de Soap&Glory y un gel de Dove de Peonia, que es una maravilla y no puedo encontrar aquí para mi desgracia).

Esta vez no entramos en Hatchard's pero le hicimos una
reverencia desde la puerta.
La tarde se fue nublando cada vez más y como temíamos pronto empezó a lloviznar. Fue el momento perfecto para hacer una pausa en Tea and Tattle.
Así estaba el cielo cuando regresamos a Bloomsbury.


Perfect time for tea and scones!
Después solo nos quedó hacer una parada técnica en un Marks&Spencer para nuestro picnic nocturno en el hotel.



Con la llegada del nuevo día pusimos rumbo al norte. Me resulta imposible venir a Londres sin visitar Hampstead. Si algún día me pierdo ya sabéis donde encontrarme. 
Me gusta absolutamente todo de esta zona de Londres. El ambiente campestre que se respira, sus tiendas y cafés, la librería que Daunt Books tiene en South End Road, con su característica fachada verde...
Supongo que estará precioso incluso en invierno, pero viendo las lilas en plena floración, cuesta creer que algo pueda superarlo en belleza.

Floristería en el encantador Flask Walk
Floración de las lilas y la glicinia en Burgh House
Una parada en la casa donde residió Keats. Imprescindible homenaje
a uno de mis compañeros de camino.
"¡Dichosas, ah, dichosas ramas de hojas perennes que no
despedirán jamás la primavera".
Vitrina de Daunt Books con ediciones del libro que iban a
presentar esa misma tarde. 
Abandonamos Hampstead en un autobus que nos llevó por Belsize Park Camden Town hasta nuestra parada en los alrededores de Regent's Park. Era la primera vez que visitábamos el parque y, aunque fue una pena no poder ver las rosas del Rose Garden en todo su esplendor (ahora estarán preciosas como en estas fotografías), pasamos un buen ratito. 

Flora y fauna en Regent's Park

Después de hacer una pequeña parada en un Pizza Express de Marlybone (no está mal para salir del paso), volvimos a nuestros dominios de Bloomsbury para LA RONDA de librerías. Como sabía que el hotel estaba cerca (para descargar el posible botín) no iba predispuesta a la contención. 

Primera parada Skoob Books, donde arrasé.
Jean pillándome en plena faena.
Siguiente parada, la encantadora librería Persephone. El cielo
en la tierra.
Y para terminar la London Review Bookshop. Otro imprescindible en Bloomsbury
que no podéis perderos.

Con los libros bien resguardados en el hotel, nos pusimos otra vez en marcha dirección Covent Garden (¿lleváis la cuenta de los kilómetros de marcha que llevábamos a nuestras espaldas? Pues nada, ahí seguíamos, frescos como una rosa). 

Pausa dulce para reponer baterías chez l'ami Jamie Oliver.
Tarde de compras en Covent Garden
Y para acabar nueva parada en el Marks and Spencer para hacernos con provisiones para la cena. Esa noche vimos Eurovision en la habitación del hotel. Del resultado de España mejor ni hablamos. 


Para el último día reservamos el paseo descubrimiento del viaje, la orilla Sur del Támesis, y una visita pendiente que, a decir verdad, no resultó muy satisfactoria. Bien temprano nos plantamos en las colas de entrada de la Torre de Londres y os puedo asegurar que a la media hora de entrar ya nos habíamos arrepentido de pagar la visita (me temo que las aglomeraciones pueden con nuestro estado de ánimo). Pero bueno, después de todas las veces que nos habíamos resistido a entrar, ya podemos decir que nos hemos quitado la espinita.

Tower Bridge desde el interior del recinto fortificado.
Tras la visita y un pequeño momento horrible con mayúsculas (una madre extravió a su hija en las inmediaciones de la Torre y os podéis imaginar la escena de pánico. Menos mal que fue enseñando la foto de la pequeña y con ayuda de la gente pudo dar con ella) cruzamos a la otra orilla por el London Bridge. Al principio el contraste con el ambiente de la City nos pareció abismal. Las calles por donde pasamos, a excepción de las que bordeaban el Borough Market, estaban bastante vacías y silenciosas. Pero fue un paseo muy agradable. Nos encantó el ambiente de Borough Market, la multitud de puestos de comida y productos típicos. De verdad una delicia y un sitio estupendo para comer.

Vista de Saint Paul desde Southwark
Mensaje en una fachada de Southwark que me llamó
la atención al pasar y que resultó ser el slogan de una
antigua fábrica de cerveza, situada en estos edificios.
También hicimos una parada en The Globe e intentamos imaginarlo
en la época isabelina.
Y me encantó descubrir una placa azul desvelando que el
mismísimo vicealmirante de la Bounty, William Bligh fue el antiguo propietario
de esta casa (añado que me enamoran estas puertas azules).


El broche final al paseo y por extensión al viaje fue la visita al Imperial War Museum. Me gustó mucho la apuesta didáctica con la que han decidido mostrar sus colecciones. Es evidente que los colegios e institutos son uno de los principales públicos del museo, y solo había que ver la cara de los chicos para comprobar lo efectiva, instructiva y lúdica que resultaba la visita para ellos. Tengo que reconocer que a mi me encantan los museos a la antigua usanza, con sus colecciones expuestas de forma abigarrada y a veces confusa. Esos en los que tienes que desplegar toda tu pericia y paciencia para dar con la perla rara (como en aquellos gabinetes de curiosidades que tanto fascinaban a las gentes del XVIII).  Pero, en ocasiones, se agradecen los aires de modernidad.


La preciosa entrada principal del Imperial War Museum.


Como siempre, un auténtico placer volver a Londres. Que no
se me enfade París pero...ya estoy deseando volver. 

Y me temo que aquí tengo que poner punto y final al paseo. Espero que hayáis disfrutado con las fotografías y muy pronto os enseño el montoncito de libros que traje en la maleta como resultado de mis correrías londinenses. Un fuerte abrazo a todos y muy felices lecturas. 

viernes, 21 de agosto de 2015

Librerías neoyorquinas

Cuando viajo siempre me las arreglo para visitar tres lugares: un mercado, un café y una librería. Es sencillo, me gusta contemplar a la gente en su vida cotidiana y disfruto imaginando qué harán de comer ese día, con quien se reunirán a media tarde y qué libro leerán por la noche al llegar a casa.  De esos tres lugares el que más disfruto visitando es, como podréis imaginar, la librería. No sabría explicaros, pero cuando entro en una de ellas, de pronto siento que dejo atrás mi status de turista y me convierto simplemente en una más; otra lectora del barrio en busca de un nuevo ejemplar.  
Si, poco importa donde esté; en cualquier lugar desconocido siempre encuentro dos refugios seguros, la habitación de hotel que me hace de hogar pasajero y una librería. 

Cuando supe que iba a visitar Nueva York me falto tiempo para añadir un pequeño anexo a mi guía de viaje: una buena lista de librerías en las que perderme. Busqué consejo en artículos de periódicos y revistas (Dios salve al New Yorker), en entradas de blogs, en recomendaciones personales y, como temía, muy pronto me vi rodeada de una cantidad ingente de sugerencias. 
Disponer de pocos días redujo considerablemente mi plan de acción, pero ahora al menos puedo recomendaros en primera persona cuatro librerías neoyorquinas que bien merecen una visita.
¡Disfrutad del paseo!

Three Lives & Co, 154 West 10th Street

Nombre: La tienda de la vuelta de la esquina ¿os suena? Si habéis visto Tienes un e-mail, y os gusta tanto como a mi, estoy segura de que recordaréis ese nombre. Así se llamaba la pequeña librería infantil de Kathleen Kelly. Un lugar mágico. 
Todos somos conscientes de que existen muchos tipos de librerías y, aunque todas sirvan para el mismo propósito: vender y comprar libros, no todas proporcionan la misma experiencia. En algunas de ellas se respira y contagia al instante el amor por los libros; tienen una atmósfera especial, un alma propia que a mi me gusta asociar con la de su propio dueño. Three Lives & Co es uno de esos sitios.

Así ilustra Bob Eckstein Three Lives & Co en este artículo del New Yorker .
En él podréis encontrar una buena lista
de librerías.
Supe que iba a gustarme esta librería incluso antes de visitarla. Incluso antes de pisar por primera vez el West Village, donde esta situada, y de enamorarme de sus casas de ladrillo y sus calles arboladas. En  su página web presentan Three Lives & Co con estas palabras:

Three Lives is an anachronism.
It is the shop around the corner.
A touchstone in a neighborhood.
A place with a human face and a cast of characters.
84 Charing Cross Road colored by the time and place.
A haven for people who read.

Y lo es, vaya si lo es. La librería es pequeña y acogedora, decorada con madera por todas partes; y aunque el espacio sea exiguo, tiene una muy buena selección de novedades y fondo. Aquí fue donde tuve por primera vez entre las manos ejemplares de la New York Review Books Classics. Una colección que venero y que junto a la colección Persephone se convertiría en mi primera inversión en el caso de ganar la lotería. Como esto es bastante improbable, los voy reuniendo poco a poco y me acordaré siempre de que en una encantadora librería del West Village compré los dos primeros: A legacy de Sybille Bedford y Alice James, A biography de Jean Strouse. 

Literalmente, la tienda de la vuelta de la esquina.
Madera y libros, una combinación infalible.
Barnes & Noble de Union Square, 33E 17ST

Y si antes os presentaba a la heroína de Tienes un e-mail, llega el momento de visitar al hermano malo. Ese amenazador gigante librero ideado por Tom Hanks, causante de la ruina de las pequeñas librerías de barrio. Barnes & Noble reina entre las cadenas de librerías americanas y su sede de Union Square, por mucho que me guste defender a las librerías independientes, es una auténtica maravilla. 

Imaginad cuantos libros caben en ese precioso edificio
Grandes espacios donde los libros alternan con tentadoras cafeterías.
Barnes & Noble es una librería a imagen de la ciudad: inmensa, espaciosa y con ese aire industrial que tanto me gusta. Podría haberme pasado aquí horas y horas mirando ejemplares y soñando con llevarme la colección entera de los Leatherbound Classics. Pero el tiempo apremiaba y supe contener mis ansias compradoras. Mi terreno de caza eran las librerías de segunda mano. Así que vamos a por ellas.
Lo que si me llevé de Barnes fue esta preciosa libreta firmada por el gran Thoreau.
Mi alegría se multiplicó cuando al pagar me dieron la bolsa que veis a la izquierda.
"Llamadme Ismael", ¿es necesario añadir algo más? 

Strand Books, corner of 12th St and Broadway

Veréis en lo que a librerías de ocasión se refiere, Londres tiene Skoob Books, París Gibert  Joseph y Nueva York…Nueva York tiene la increíble Strand Books. Qué digo, increíble es poco. Podría haberme pasado todo el viaje entre sus estanterías infinitas. 
Strand es un caos. Filas y filas de libros en estrechos pasillos, una réplica de los rascacielos del exterior pero esta vez hechos con estanterías. Uno puede incluso abrumarse si no sabe exactamente lo que busca. Strand es una de esas librerías hechas para lectores aguerridos. Esos que buscan y rebuscan, que conocen sus autores y temas predilectos. Esos que encuentran su camino hasta el final de la librería y no se detienen en la mesa de novedades.
En el subsuelo tienen un verdadero tesoro: las ediciones más antiguas y difíciles de encontrar y en la calle el sueño de los busca gangas: todos los libros a 1 dólar. 
No se porqué pero cuando salí de allí, cargada con mis adquisiciones, me pareció oír llorar a mi maleta a pesar de estar a muchas manzanas de distancia.

A puntito de entrar en el templo.
Decidido. Aquí mismo instalo mi vivienda.
Housing Works Bookstore Cafe, 126 Crosby St

El día que visitamos Housing estaba lloviendo y no
llevaba la cámara preparada. Aquí podéis ver fotos
de la librería.
Y por último, pero no menos importante, otra librería de ocasión única y al igual que Three Lives & Co con un alma propia, Housing Works.   Nada más entrar me enamoré del espacio que ocupa esta librería. Techos altos, escaleras de caracol, muchos sitios donde sentarse y el olor inconfundible de un buen café esperándote. Los libros ocupan casi todo el espacio disponible en las paredes y subiendo las escaleras llegas a la bien surtida sección de no ficción. Si a todo esto le sumamos que esté regentada por benévolos y utilice sus beneficios para la lucha contra el sida ¿alguien da más? 
Si algún día estáis paseando por Downtown Manhattan, no lo dudéis, saldréis de Housing Works con un buen café en el cuerpo y algún libro bajo el brazo. 

Fuente

Cuatro librerías, tres puntos: West Village, Union Square y Soho. Ese fue el resultado de mi cacería libresca neoyorquina. Una especie de punta del iceberg de lo que esta apasionante ciudad tiene que ofrecer en materia literaria. Pero si disponéis de poco tiempo, añadid a este paseo una entrada a la New York Public Library y quedareis bastante satisfechos. 

¡Ah! ¿Y os acordais de mi desconsolada maleta? La pobre sabía lo que se le venía encima. Trece libros ni más ni menos. Así dejo claro que no soy supersticiosa :) ¡Nos vemos en la siguiente entrada y hacemos las presentaciones!


PD. Un beso para todos y muy felices lecturas.