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miércoles, 16 de diciembre de 2015

El castillo en la colina de Elizabeth Goudge

Novela+mantita = combinación ganadora
Como os dije en las notas de noviembre, me costará mucho olvidar la lectura de este libro. Fue el primero que conseguí terminar después de las semanas tristonas que siguieron a los atentados, y lo cierto es que no me sorprende. Elizabeth Goudge siempre es un refugio seguro para mi; me reconforta tanto como esas pequeñas costumbres cotidianas que me alegran el día a día. 

Hace unos años llegué a ella gracias a la lectura de "El país del delfín verde", y desde entonces, soy incapaz de entrar en una librería de ocasión y no buscar entre las estanterías alguna de sus novelas. Así es como, poquito a poco, conseguí reunir mi actual colección Goudge de ficción y hacerme con un ejemplar de su autobiografía "The joy of the snow"


Hace apenas unos días, descubrí con sorpresa que Hendrickson Publishers está reeditando en inglés  muchas de las novelas de Elizabeth; pero mucho me temo que leerlos en español sea una misión algo más complicada. Los libros de Elizabeth llevan muchos años descatalogados en nuestro idioma y, aunque me duela,  es algo que entiendo perfectamente. Con Elizabeth Goudge me sucede lo mismo que con Barbara Pym, las adoro a ambas, pero me es muy difícil recomendarlas. Son, por así decirlo, especiales. Especímenes raros y anticuados que difícilmente podrían encontrar un hueco en el mundo literario actual. Y sin embargo... qué placer encontramos algunos entre las páginas de sus novelas.

"El castillo en la colina", ambientado en los primeros años de la IIGM, es un buen ejemplo de ello.

La historia se inicia con una emotiva escena. Dolores Brown, una mujer soltera de mediana edad está sentada en un banco en medio del bullicio londinense. Vencida y triste no puede evitar pensar en su aciago presente.  No solo acaba de perder a sus padres, sino también la casa familiar (reconvertida en pensión) que le servía de hogar y sustento.  Sin trabajo y sin lugar donde refugiarse en ese Londres asediado por los bombardeos, se siente perdida. Es entonces cuando la melodía de un violín la saca de su ensimismamiento. El que toca es Isaacson, un judío otrora músico celebre, que ha conseguido escapar de Viena y refugiarse en Inglaterra. De pronto los caminos de estos dos desconocidos convergen en un tren con destino a Devon; y con ellos el de dos niñas y el de un aristocrático erudito, propietario de un imponente castillo.


Niños evacuados en varias estaciones londinenses. En el cuello llevaban
colgada una etiqueta donde se especificaba el nombre del pasajero, su domicilio,
su estación de salida y su estación de destino. En una de las fotografías un policía
comprueba la etiqueta de un niño.
"Los pequeños ofrecían un aspecto conmovedor y atractivo al verles cogidos de la mano de sus cuidadoras y de sus madres; de esas mismas de las que habrían de separarse al cabo de breves momentos. Tenían los ojos desmesuradamente abiertos por el miedo, llevando a la espalda sus juguetes y la máscara antigás; los bolsillos repletos de alimentos y de algunas cartas. "

Estos niños evacuados, las víctimas de los bombardeos aéreos, las gentes de toda categoría social unidas por la guerra, son los auténticos protagonistas de "El castillo en la colina"Elizabeth Goudge captura a la perfección este ambiente tenso de las calles de Londres y otros puntos de Inglaterra; la desesperación, la angustia y la impotencia de sus habitantes. Todos han perdido algo: un hogar, un ser querido, un puesto de trabajo... algunos hasta la posibilidad de volver a su país de origen como Isaacson. 
Por eso "El castillo en la colina" es un libro melancólico, e irremediablemente está teñido de una atmósfera gris. 

Por fortuna, y tratándose de una obra Goudge, pronto aparecen una serie de elementos que ayudan a contrarrestar el drama. Ahí es donde entran en juego el calor humano, la solidaridad y la esperanza que esta trae consigo. Eso es lo que encuentran los personajes protagonistas al encontrarse reunidos entre los muros del castillo del profesor Birley. En su nuevo refugio son capaces de reflexionar sobre sus miedos y nos hacen partícipes de sus respectivos pasados. Quizá no sean capaces de conversar demasiado los unos con los otros (una interacción que a veces he echado en falta). Pero nosotros espectadores privilegiados, penetramos entre los muros del castillo, en cada habitación y en cada corazón, siendo conocedores de todo.

Somos así testigos de la soledad de Dolores, una mujer acostumbrada a cuidar de los demás; de la desesperación de Isaacson, tentado a poner fin a su vida de músico callejero perseguido; de los sabios consejos de la Sra. Heather, y como no, de los sentimientos y caracteres opuestos de Ricardo y Stephen, los sobrinos del profesor Birley y herederos del castillo en la colina. Estos dos hombres, enfrentados por su forma de ver la vida, por el amor de la misma mujer y la forma de encarar la guerra  se convirtieron en mis personajes favoritos. Mientras que Ricardo, piloto de la RAF no duda en arriesgar su vida, Stephen es un acérrimo pacifista. Revolución y tradición se van confrontando en cada una de las apariciones que los hermanos hacen en la novela y finalmente será la guerra la que con sus terribles golpes y perdidas, consiga remover los principios que ambos creían tener tan asentados.


Acuarela de Donald H. Edwards conservada en el V&A Museum. (1942)
Elizabeth Goudge escribió "El castillo en la colina" entre 1940 y 1941, año en que fue publicado. Entre sus páginas es fácil encontrar signos de patriotismo y la clara intención de homenajear todo lo que Inglaterra representaba para ella. Sirviéndose del castillo en la colina como alegoría, lo alzó majestuoso frente al fascismo enemigo e hizo de sus personajes, provenientes de todas las clases sociales, el retrato completo de la sociedad inglesa. Hizo que todos y cada uno de ellos, alejados de la guerra en la campiña de Devon (pero tocados irremediablemente por ella), fueran conscientes de su deber de preservar algo para el mundo nuevo que naciese tras el conflicto: la solidaridad, la voluntad de reformar el país, la necesidad de escribir la historia reciente para que las nuevas generaciones fuesen testigos de los horrores del pasado...si os fijáis bien, unos elementos que muestran claramente la firme convicción de Elizabeth Goudge de que los aliados vencerían la guerra.

Todos estos aspectos me hicieron pensar enseguida en otra novela también escrita y publicada durante los primeros años de la IIGM de la que ya os hablé con anterioridad, "The english Air" de D.E Stevenson. Al igual que "El castillo en la colina", es una buena obra de ficción y un testimonio inestimable de la vida cotidiana de los ingleses durante los primeros años del conflicto. Quizá ambas pequen de demasiado patriotismo, pero dado el contexto en el que fueron escritas, es algo comprensible. 
Elizabeth Goudge fotografiada en el
jardín de su casa
Si estáis interesados en el periodo, os invito a leer cualquiera de las dos novelas. Quizá yo tenga una ligera preferencia por "El castillo en la colina", pero seguro que acabaréis       satisfechos con cualquiera de ellas. 

Mi último apunte va para todos aquellos primerizos que decidan descubrir la obra de Elizabeth Goudge. Después de leer varias de sus novelas, creo que la mejor puerta de entrada es "El país del delfín verde". Aquí podéis leer mi reseña. Le tengo un especial cariño por lo mucho que disfruté de esta lectura. Si la magia opera, sed entonces bienvenidos al universo Goudge

Un abrazo y muy felices lecturas a todos.

PD. "El castillo en la colina" ocupa el año 1941 en mi Century of Books.
PD1. No podía despedirme sin avisaros de algo. Los libros de Elizabeth Goudge tienen un importante componente religioso. Para mi no supone un problema mayor, aunque me resulten pesados ciertos pasajes de sus novelas. De todos modos creo que podéis pasar por encima de ello sin problemas. En el caso de "El castillo en la colina" las referencias al consuelo de la religión y la importancia de Dios están reducidas a las últimas páginas de la novela. ¡Aleluya por eso! :)

jueves, 6 de junio de 2013

El país del delfín verde de Elizabeth Goudge

¿Pensabais que se me había olvidado? ¡De eso nada! Aquí os traigo por fin "El país del delfín verde". Ya os comenté que cuando milagrosamente di con él en un puesto de libros de segunda mano casi me da un soponcio. Creo que hasta asusté a la pobre señora del puesto al arrancar el libro de su sitio con tanta violencia. ¡Cualquiera se atrevía a quitármelo de las manos!

En realidad no es que supiera mucho sobre la historia para que me fascinase de esa manera; pero para mi oír siglo XIX, historias de hermanas y aventuras en lugares exóticos es como escuchar cantos de sirena.  Una vez con él en la mano ya solo tenía miedo de una cosa: que me decepcionase. Pero desde las primeras líneas encontré un estilo totalmente acorde con mis gustos y la cosa empezó a prometer muchísimo. 
Todo empieza en una de las islas del Canal, cuando alrededor de 1840, conocemos a las protagonistas de la historia...

Marianne y Marguerite, viven en la preciosa isla de Guernsey. A simple vista nadie podría jurar que son hermanas, pues Marguerite es una joven rubia de carácter dulce y alegre, mientras que Marianne es morena, ambiciosa, algo egoísta y demasiado inteligente para el ideal femenino victoriano.  Una mañana su pequeño y pacífico mundo se revoluciona con la llegada de un nuevo habitante a la isla, el joven William Ozonne.

Marianne y Margueritte  Le Patourel
Lo que en un principio es solo una profunda amistad infantil pronto se convierte en un triángulo amoroso. Este se romperá cuando William entra como marino en la Armada Real y debe embarcarse.
Sin embargo lo que debería haber sido una separación temporal, se convierte en definitiva  tras un terrible suceso.  William se ve obligado a permanecer en la recién colonizada Nueva Zelanda y nadie en Guernsey conoce su paradero. 

Después de años sin noticias una carta llega a la casa de las hermanas. En la misiva, William se declara a una de ellas y le pide que se reuna con él en la lejana colonia para convertirla en su esposa.
Pero cuando meses más tarde el chico espera en el muelle a su futura y deseada mujer, descubre con horror que ante él aparece  la hermana equivocada.



                                      

¿Qué consecuencias puede tener un error (tontísimo) en la vida de tres personas? Pues encontrareis la respuesta en las casi 700 páginas de una novela bellísima que me ha tenido cautivada durante varios días.

Todos los ingredientes de esas grandes historias de aventuras a la antigua usanza están en este libro: amor, un barco legendario, peligros y aventuras en países desconocidos... Para mi ha sido un concentrado de todo lo que me hace soñar y viajar lejos con tan solo abrir un libro.

Guernsey en la novela: Saint Peter's port, convento de Notre Dame du
Castel y la Calle del Delfín verde.
Lo primero que me atrajo desde prácticamente la primera página es el estilo de Elizabeth Goudge. Desde que acabé La saga de los Forsyte iba buscando de nuevo alguien que describiese con tanta delicadeza como Galsworthy; alguién que pintase personalidades e hiciese de las localizaciones una parte fundamental de la historia. Creo que he hallado mi objetivo con Goudge, porque gracias a sus descripciones de Guernsey he visto desde una ventana uno de los amaneceres más bellos de mi vida; y una noche, desde esa misma ventana, me he estremecido ante la furia de los vientos del Atlántico y el rugido de las olas frente a la casa. 
He soñado cuando el Delfín verde desplegaba sus velas blancas para hacerse a la mar y me he maravillado ante la grandeza de los paisajes neo-zelandeses.

Si encima a estos paisajes sublimes les sumamos personajes entrañables que los habiten, el placer de la lectura como podéis suponer se multiplica. Aquí no estamos ante simples caricaturas; los personajes son profundamente humanos, con sus virtudes y sus flaquezas. 
Eso sí más que el trio protagonista, que muchas veces me ha sacado de quicio, los que me han cautivado han sido los secundarios.  Empezando por el capitán O'hara y Nat  a los que les tuve que decir adiós casi con lágrimas en los ojos; también el valiente Tai Hururu tan celoso de su independencia pero que acaba enamorándose y encariñándose con los que le rodean; el fanático misionero Samuel, Veronique, John Ogilvie...¡es que los nombraría a todos! 
¡Ah! Y como olvidarme de Old Nick, el loro que acompaña a los protagonistas a lo largo de toda la historia y es el encargado de poner la frase final a la novela. 


Maoríes y colonos en el paraíso
Todos son inolvidables y más porque la autora les hace moverse entre la realidad que viven, el recuerdo de sus respectivas infancias y las leyendas y cuentos que les acompañaron. Todo el relato desprende magia y las leyendas normandas y polinesias no hacen sino acrecentar esa impresión.

Una y otra vez William habla, a lo largo de los 40 años en los que le acompañamos, del País del delfín verde. Ese país de ensueño que siendo niño en Guernsey, junto a Margueritte y Marianne, imaginó alcanzar algún día. Un sitio donde vivir mil aventuras después de haber surcado los mares. Pero la vida, como tantas veces, se interpone entre los sueños matando algunos y haciendo surgir nuevos a cada paso. Eso es lo que nos muestra la novela, lo que la vida hace con nuestras ilusiones.
Guernsey simboliza así la isla de la niñez, de la esperanza, del amor de William y de las dos hermanas y Nueva Zelanda es la isla de los sacrificios, de la lucha por salir adelante y de la búsqueda de un nuevo futuro.

Recorriendo esta montaña de hojas he sufrido con las grandes tragedias y con los pequeños errores. He vivido el durísimo día a día de los colonos en un país donde todo estaba por hacer; he soñado con las leyendas y las historias de amor y he reído con ese pajarraco loco llamado Old Nick.
El Delfín verde listo para empezar la travesía
Si tuviera que encontrarle un solo defecto al libro, sería el tono moralizante que se desprende a veces de sus páginas. Habla bastante de sacrificio, de experiencias religiosas y del camino necesario para llegar a Dios (Elizabeth Goudge era profúndamente creyente); pero esta es una apreciación menor y espero que no os aleje de una historia que merece la pena disfrutar.

Veis, ahora que lo pienso, ¡hay otra pega! Creo que he descubierto este libro demasiado tarde. Estoy segura de que de haberlo leído antes se habría convertido en uno de mis favoritos de la adolescencia. Pero nunca es tarde y ahora por fin lo tengo en la estantería para abrirlo siempre que me apetezca soñar un poco.

Así pues, no lo dudéis. Si os gustan las historias pausadas, plagadas de bellas descripciones y con un toque de nostalgia infantil, estoy segura de que os encantará esta historia. 
Además, no he leído todavía ninguna novela de landscape (que tan de moda están actualmente) pero creo que por las tramas y las localizaciones que todas comparten, tenéis en El país del delfín verde una digna precursora  publicada en 1935. Si es que parece que ya está todo inventado, ¿verdad?

Un abrazo para todos y muy felices lecturas.

PD. Y os estaréis preguntado ¿pero quién es la hermana que llega? ¿qué pasa con la que queda en Guernsey? ¿volverán a reunirse alguna vez? ¡Ajá! Soy una astuta comadreja y os voy a dejar con la intriga para que os animéis a leerla :)

PD2. Recuerdo que Mariuca comentó que ninguna historia ambientada en Guernsey le había decepcionado. No puedo estar más de acuerdo con ella. No se que tendrá la isla pero es un paraíso para la  literatura.