martes, 16 de junio de 2015

Shadows on the Rock de Willa Cather

Edición francesa de la novela editada por Rivages.
Lamentablemente no he podido encontrar ninguna edición
en castellano.
A principios de mes terminé uno de los libros que me traje de Nueva York; una edición bastante viejita y feúcha de Willa Cather living, a personal record de Edith Lewis.
Lo cierto es que cuando lo compré no tenía ni idea de quien podía ser Edith Lewis;  pero los dos dolares que gasté en su concisa, íntima y emotiva biografía de Willa resultaron ser una de las mejores inversiones del viaje.
Son muchas las vivencias que Edith comparte en su libro: anécdotas de la niñez y juventud de Willa contadas en confidencia por la propia escritora, el tortuoso camino hacia el éxito literario, viajes, descubrimientos, pérdidas…la larga amistad que ambas compartieron es un caudal de recuerdos casi inagotable; pero, dado que yo acababa de terminar Shadows on the Rock, un episodio llamó especialmente mi atención, el viaje que Willa y Edith hicieron a Quebec en el verano de 1928.

Edith escribía a próposito:

"Desde el primer instante en que Willa se asomó por las ventanas de Frontenac y observó los tejados puntiagudos y las líneas normandas de la ciudad de Quebec, se mostró inquieta y hechizada, abrumada por una marea continua de reminiscencias; allí, aislado e intacto durante cientos de años, permanecía el espíritu francés original,  una aparición milagrosa rodeada por un continente extraño".

Fue durante este viaje cuando Willa encontró la inspiración para escribir Shadows on the Rock, una novela histórica ambientada en el Canada del siglo XVII. En ella volvía a apropiarse de la experiencia de los pioneros europeos en el continente americano.

La acción se inicia en 1697 con la presentación de Auclide Auclair, sabio y respetado boticario y su pequeña hija Cécile. Ocho años han transcurrido desde el día en que ambos dejaron París y se instalaron en Quebec aprovechando la protección de su patrón y gobernador el Conde de Frontenac. Durante todo este tiempo padre y hija han sido capaces de construir un pequeño hogar y de granjearse el cariño de sus conciudadanos. Pero el aislamiento, los contratiempos y los peligros de una tierra todavía indómita provocan en Auclide el deseo de volver a la vida tranquila y civilizada de las orillas del Sena.

Pero si para el boticario esta aventura solo debe ser temporal, la pequeña Cécile no imagina tener que decir adiós al lugar donde ha crecido y al que ya considera su hogar.

Grabado de Quebec representando la ciudad en la época en la que transcurre
la novela. 
Shadows on the Rock es una novela llena de sentimientos encontrados; nostálgica y pausada en lo que concierne a Auclide y viva y alegre desde la óptica de Cecile. Sus páginas reflejan a la perfección el conjunto de emociones que trae consigo la experiencia de la emigración: nostalgia por el país que se deja atrás, tristeza, esperanza, entusiasmo, energía… estados de ánimo que Willa ya había infundido en los personajes de otras de sus historias como Pioneros o Mi Antonia, y que en Shadows on the Rock vuelven a cobrar todo el protagonismo.

Qué puedo deciros, Willa me desarma con su maestría, con su extraordinaria capacidad para describir personalidades y localizaciones, para reconstruir un retazo de historia y hacerla vivir ante nuestros ojos. Escribir novela histórica, o al menos una buena novela histórica no es fácil. No basta con vestir a tus personajes con ropa de época, subirles a un caballo y construirles una vivienda adecuada a los cánones. La historia debe nutrirse y descansar hasta en los más mínimos detalles: olores, sonidos, comidas y costumbres deben sustentar sus páginas; y eso es lo que consigue precisamente Willa.  

Con puntual precisión no solo introduce episodios y personajes históricos que dotan de rigor su trama: como la fascinante aventura de "les filles du roi", los tejemanejes de la lejana corte del gran Luis XIV o la propia historia del Conde de Frontenac, uno de los protagonistas de la novela, sino que centra su atención en la vida cotidiana de la colonia: en los días de mercado, en el trabajo de botica con sus ungüentos y remedios, en las preparaciones para el largo invierno, cuando los habitantes de Quebec se proveen de leña y víveres suficientes hasta la llegada de la primavera; y como no en ese momento de octubre en el que se escriben apresuradamente las cartas que zarparán en el último barco que sale hacia Francia. Un barco que no volvería con nuevas noticias hasta bien entrado el mes de julio.
La ciudad vive al ritmo de la vida de sus personajes y es un personaje en si misma; y es que en las novelas de Willa Cather el paisaje, la tierra que habitan sus protagonistas lo es todo. Ella forja su carácter y decide sus destinos.


Así eran los barcos que cruzaban el
Atlántico en los siglos XVI y XVII.
Así ocurre con Auclide Auclair y el Conde de Frontenac, figuras nostálgicas que viven casi como desterradas en ese reducto aislado al otro lado del Atlántico. Un destino muy distinto al de Cécile, quien ha aprendido a amar su nueva tierra, y al de Pierre Charon, personaje que encarna la imagen romántica del trampero libre de los grandes bosques, el aventurero que forja su propio destino.   Ellos encarnan a los europeos del nuevo mundo, frente a la generación anterior apegada a sus raíces, y serán ellos los encargados de construir otras realidades,  lejos de sus países de origen. 

Shadows on the Rock es un libro pausado y descriptivo, forjado al ritmo de las distintas estaciones y sus respectivos ritos. Una lectura que confirma el respeto y la admiración que siento por la escritura de Willa Cather. 
Si todavía no le habéis dado una oportunidad, os animo a que leáis alguna de sus novelas sin ninguna hesitación; espero que encontréis en ella una autora a la que conservar con cariño en vuestras estanterías.

Un abrazo y muy felices lecturas a todos.

PD. Shadows on the Rock ocupa el año 1931 en mi Century of Books.

miércoles, 10 de junio de 2015

Notas de mayo

¡He engañado a las parcas y vuelvo de entre los muertos! :)
Ay perdonad el retraso que llevo en las entradas, es que el destino quiso que aprobase el primer examen de oposición y aquí me teneis volcada como una loca en la segunda parte de los exámenes. Para bien o para mal todo volverá a la normalidad a final de junio; mientras tanto, voy a intentar escribir un poquito para que A book a day no se quede en barbecho el pobre. 
Como tenía pendientes las Notas de mayo, empecemos a recuperar el tiempo perdido con ellas. Como ya sabéis gran parte del mes lo ocupó el viaje a Nueva York, pero también ha dado tiempo para anotar y disfrutar de varias cosillas más ¡vamos allá!

- Unos cuantos meses atrás os hablaba de lo mucho que disfruté Elles étaient en guerre. Un espléndido documental que dibujaba la experiencia femenina de la I guerra mundial en Francia. A través de las vivencias de mujeres de excepción como Edith Wharton, Marie Curie y Rosa Luxemburgo y también de heroínas anónimas: madres, esposas, trabajadoras… Elles étaient en guerre brindaba un emotivo homenaje a todas aquellas que se esforzaron por tomar las riendas de un país a la deriva. 
Bien pues este mes por fin hemos podido disfrutar de la segunda parte del proyecto, consagrado esta vez a la Segunda guerra mundial, y de nuevo la calidad de las imágenes, el rigor en la documentación y la emoción de lo narrado han acudido a la cita. Aquí os dejo el enlace de ambas entregas para que las disfrutéis (lamentablemente solo está disponible en francés).

Matthias Schoenaerts repite como
protagonista en ambas.
- Y este mes me temo que la cosa ha ido de documentales y películas. Como ya os dije a principios de año, moría de ganas de ver tres adaptaciones cinematográficas: Suite francesa, Lejos del mundanal ruido y Testament of Youth. A día de hoy, puedo tachar las dos primeras de la lista y la verdad es que estoy bastante satisfecha, sobre todo con Suite francesa. A pesar de centrarse en la segunda parte de la novela, Dolce, me ha parecido una muy buena película. La fotografía, la música, los actores, el guión…todo me ha parecido precioso, delicado, elegante y a la vez fuerte como lo es la prosa y el espíritu de Irene Nèmirovsky. Aunque se hayan tomado ciertas licencias en la historia y no hayan reflejado el conflicto social de la novela con profundidad, se lo perdono.
En cuanto a Lejos del mundanal ruido he cometido sacrilegio y he ido a verla antes de leer la novela, por lo que me es imposible comparar. También me ha parecido una adaptación bellísima en cuanto a la ambientación y la fotografía, aunque quizá esta vez me haya faltado un poquito de fuerza y emoción en el guión. Aún así un impecable trabajo y unas ganas tremendas de ponerme al fin con el libro. 

- Cambiando de tercio no podía dejar de compartir con vosotros esta serie de fotografías que me fascinaron mientras leía The Atlantic. Ya sabeis de mi historia de amor con el Oeste americano. No puedo explicaros la sensación, pero al ver estas imágenes me ocurrió lo mismo que mientras leía Ángulo de reposo (reseña), la magnífica novela de Wallace Stegner. Sentí la aventura en su estado más puro, los desafíos, un nuevo horizonte, fracasos y promesas… esa imágen del Oeste, sin duda idealizada, que me sigue cautivando. 

  - Y por fin una noticia meramente literaria, de esas que tanto nos gustan a nosotros. Supongo que muchos de vosotros ya la habréis visto por las librerías de vuestra ciudad, pero por si hay por ahí algún despistado, ya podéis disfrutar de la nueva colección en castellano de Penguin clásicos. Apenas rondan los diez euros y llevan consigo la calidad Penguin, así que no dudéis en echarle un vistazo a la selección de clásicos universales que proponen.
Camino a Itaca
Yo traje conmigo La Odisea aunque traicionase con ello a mis antiguos y queridos ejemplares; pero es que me fue imposible dejar en la estantería una edición tan bonita. Así que aquí me tenéis, una vez más embarcada en el viaje con Ulises, disfrutando la travesía al ritmo de cada canto, sin prisas. Como bien dice Joan Casas en la introducción "la vida es trayecto […] lo importante es el trayecto, el recorrido, la peripecia. Lo único que nos enriquece es lo que ganamos por el camino".
Poe eso os invito de corazón a que emprendáis el viaje a Itaca. Leed este poema de Cavafis y seguro que no tardará en convenceros.

- No podía dejar estas notas sin compartir un poquito de música. Con todas las horas de avión que he tenido por delante, me ha dado tiempo a darle bastantes vueltas a mi reproductor, así que os dejo unas cuantas de mis favoritas, esas que me ayudaron (casi) a superar el miedo de estar colgada en medio del Atlántico.

The La's: There she Goes
Van Morrison: Brown Eyed Girl
The Beatles: Here comes the sun
Nick Drake: Place to be
Iggy Pop: The Passenger

- Y como siempre la pintura del mes. En cuanto vi esta acuarela en el Metropolitan supe que sería esta. Ese es el Nueva York que vi con mis propios ojos mientras caminaba por sus calles. Nubes amenazadoras en el cielo, rozando los rascacielos sobre todo a primera hora de la mañana y un verde brillante y nuevo coronando las copas de los arboles. Primavera en Nueva York.

Spring in Central Park, Adolf Dehn

Como vereis lo leído en el mes de mayo es un poco exiguo, pero no me quejo; han sido lecturas satisfactorias y muy buenas compañeras de camino.

Lecturas de mayo
Los eduardianos de Vita Sackville-West, hará las delicias de todos los que disfrutaron con La saga de los Forsyte o la serie Downton Abbey. De nuevo la alta sociedad eduardiana es objeto de un detallado análisis para el disfrute de los lectores. La hipocresía, las convenciones y los aires de cambio guían la trama de la novela, aunque esta vez acompañada de la mirada crítica y mordaz de Vita Sackville-West. Una autora que descubro con placer y a la que no tardaré en volver.
Ventanas de Manhattan de Antonio Muñoz Molina, me dejó con un sabor agridulce. Fue una excelente lectura durante el viaje de ida a Nueva York, porque me ayudo a visualizar estampas de la ciudad, costumbres y sitios por descubrir. Pero si algunos capítulos me parecieron sublimes, como el de los días de lluvia en Nueva York, otros me parecieron tediosos y difíciles de soportar.
La ciudad de la alegría de Edith Wharton, me hizo llegar al final casi con lágrimas en los ojos. ¡Qué triste me pareció la historia de Lily Bart! Qué despiadado universo el de la alta sociedad neoyorquina del siglo XIX, mucho me temo no tan diferente que el de otras épocas. Fue un placer reencontrarme con la fineza descriptiva de Edith Wharton. No os digo más y hablaremos con más tranquilidad en la reseña.
Y para terminar una novela que compré y leí de inmediato, Mañana puede ser un gran día de Betty Smith. Después de el enorme Coup de coeur que tuve con Un árbol crece en Brooklyn no podía dejar de leer esta "especie de" continuación. Y digo especie porque realmente yo no le he encontrado mayor relación que el hecho de que ambas historias estén ambientadas en Brooklyn a principios del siglo XX y protagonizadas por una niña/ joven de escasos medios. Tengo que confesar que no la he disfrutado tanto como su predecesora, pero me ha encantado el retrato que Betty Smith hace del matrimonio. Os contaré con detalle en su entrada correspondiente.

Y hasta aquí lo que dio de si el mes de mayo. Espero que hayáis tenido una muy buena entrada en junio y que estéis disfrutando de excelentes lecturas. Un abrazo grande.

PD. Un pequeño olvido. Hace unos días me enteré de que La garçonne, polémica novela de Victor Margueritte de la que os hablaba hace más de dos años (reseña), ha sido traducida por fin al castellano gracias a Gallo Nero. ¡Qué alegría! Espero que la disfrutéis. 

martes, 26 de mayo de 2015

Virginia Woolf, diario de adolescencia.

Primera edición de los diarios de
Virginia Woolf.
Descubrí los diarios de Virginia Woolf por pura casualidad, mientras dotoreaba en google. 
Estaba buscando imágenes de las portadas que Vanessa Bell había diseñado para las novelas de su hermana, cuando de repente di con la fotografía que veis a la izquierda. En ella aparece la colección completa de los diarios de Virginia en su edición original; la publicada en 1945 por la Hogarth Press (editorial fundada por la propia Virginia y su marido Leonard Woolf).
Como es natural en mi, me obsesioné rápidamente con la idea de leer esos diarios. Empecé la búsqueda de ejemplares con esa obsesión desmedida del coleccionista por hacerse con su objeto de deseo,  y  poco tiempo después pude tenerlos en las manos.  Desgraciadamente la preciosa primera edición quedaba fuera de mi presupuesto, pero los cinco volúmenes que salieron al mercado en 1967 y la edición francesa, que es la que al final compré, resultaron opciones bastante más asequibles. La edición de La Cosmopolite que tengo en mi poder, a diferencia de sus homólogas inglesas, se publicó en dos únicos volúmenes. El primero corresponde a los Diarios de adolescencia y primera madurez, el segundo, bastante más voluminoso, contiene el resto de diarios hasta la muerte de Virginia. Si os parece centrémonos hoy en el primer volumen.
Edición francesa publicada por La Cosmopolite.
Este diario de adolescencia abarca de 1897 a 1909, exactamente la franja de edad para Virginia que va de los 14 a los 27 años. Son éstos años difíciles para ella; acaba de perder a su madre, pronto perderá a una de sus hermanastras, a su padre, a su hermano Thoby y además debe hacer frente a graves problemas de salud que se agudizan con las tragedias familiares. 
Lo cierto es que muchos de vosotros os estaréis preguntando ahora mismo ¿qué interés puede tener leer estos diarios? ¿por qué perder tiempo con los pensamientos más íntimos de Virginia pudiendo disfrutar directamente de sus novelas y ensayos? Bueno, dejad que intente convenceros de lo mucho que vale la pena.

Tengo que reconocer que su primer diario, el de 1897, es esquemático y bastante repetitivo. Virginia tiene apenas 15 años y sus entradas guardan casi siempre la misma estructura: he paseado, he leído, he ido a ver tal exposición o tal obra de teatro. Su familia y los muchos conocidos de su padre ocupan sus jornadas. 
Pero sin duda, lo que verdaderamente llama la atención de esta primera parte de su adolescencia es la enorme cantidad de lecturas que nutren sus páginas. Ficción, ensayo, biografía, los clásicos griegos y latinos, las últimas apariciones del panorama literario…la lista es exquisita e increíblemente amplia.  Dos años más tarde llegan los diarios de "Warboys" y los escritos de verano. La escritura de Virginia se afina, gana en sutileza, en belleza y arroja los primeros signos de la escritora que duerme en ella. Es consciente de su don y de su deber de trabajarlo y, creedme, asistir a ello es una autentica bendición.
"Escribir es un eterno recomenzar y cada vez espero conseguir mejores resultados" dice en una de sus entradas. Una máxima que mantuvo durante toda su vida.
Fotografías de infancia junto a su madre y su padre en la casa familiar
de Kensington.
Y mientras pule su estilo y sigue leyendo compulsivamente,  Virginia y sus hermanos llevan la vida que corresponde a su clase social. Después de la muerte de su padre, los Stephen se mudan del señorial Kensington al más modesto vecindario de Bloomsbury; y pese a los intentos de sus hermanos mayores (los Duckworth fruto del primer matrimonio de la madre de Virginia) por introducirles en el ambiente mundano y festivo de la buena sociedad, los pequeños Stephen: Thoby, Virginia, Vanessa y Adrian prefieren pasar tiempo a solas en su nueva casa del 46 de Gordon Square. 

Cuando mas feliz es Virginia es entre exposiciones, conciertos, lecturas y paseos. Y también durante las vacaciones de verano cuando los hermanos abandonan Londres siguiendo la tradición familiar.  Desde 1882 hasta 1894 los Stephen pasaron todas las vacaciones de verano en St Ives, un pequeño pueblo de la costa de Cornualles. Talland House la casa que alquilaban, el faro y los alrededores dejarían una fuerte impresión en Virginia, quien siempre asoció St.Ives al recuerdo de su madre. Pero tras la muerte de la Sra. Stephen otros lugares de veraneo tomaron el relevo. 
En sus diarios, Virginia enumera las casas que los hermanos alquilan por distintos lugares de Inglaterra. También los preparativos, los traslados, las maletas a rebosar de libros… y como no el transcurrir de los días en el campo o en la costa.  No importan las localizaciones; en todas ellas Virginia se entrega a largos paseos; momentos en los que carga con su cuaderno de notas y se consagra a la escritura. Cualquier detalle es objeto de descripción y en su afán por captar hasta la más mínima impresión, Virginia busca atrapar en el papel un haz de luz, un sonido o incluso un amanecer.  Después de leer Noche y día comprendo mejor ese vagabundear constante de  sus personajes, esa maestría en captar la atmósfera de Londres ¿lo hubiera conseguido Virginia sin esos paseos de exploración? ¿sin esa búsqueda constante de la perfección?

Conforme avanza el diario llegan los viajes al extranjero: España, Italia, Grecia, Turquía... y de nuevo Virginia escribe sobre cada destino. Arroja entonces comentarios que sin duda ayudan a contribuir a su fama de snob: su desprecio por la suciedad, por los malos modos, su negativa a viajar si no es en primera, sus apreciaciones algo despectivas sobre las costumbres del continente en comparación con la "civilizada" Inglaterra...
Vista de St. Ives en Cornualles, lugar de veraneo de la familia Stephen.
Retrato de Virginia.
Pero entre viajes, paseos y momentos de ocio también aparece en los diarios un momento clave en la vida de Virginia, sus primeros trabajos como profesora y sobre todo como  crítica literaria en The Guardian y en The Times (aquí podéis leer uno de los primeros artículos que Virginia consiguió publicar, con Haworth y los Brontë como protagonistas). Con estos trabajos llegarían esos primeros ingresos que tan importante fueron para ella y que tanta relevancia tendrán en su obra: la realización a través del trabajo, la necesidad de independencia... reivindicaciones para la mujer que pueblan su habitación propia, y definen a uno de sus primeros personajes de ficción el de Mary Datchet en Noche y día. 

Recordais lo que os preguntaba al empezar la entrada ¿es necesario leer el diario de Virginia para conocer su obra? Ciertamente os respondería que no. Podríais disfrutar de la misma forma de sus novelas sin necesidad de pasar por ellos.  Pero para mi, la lectura de Virginia Woolf después de haberme adentrado en sus diarios, ha cobrado una implicación difícilmente comparable.

Dos biografías a tener en cuenta.
La primera es exquisita
y sin duda una muy buena forma
de acercarse a Virginia.
Leer este diario ha sido un auténtico placer, un descubrimiento y un paso indispensable en mi comprensión de la obra de Virginia. He hecho mías sus motivaciones, sus impresiones y sus logros y he cerrado la última página con ese sentimiento de enriquecimiento que solo sobreviene cuando una lectura ha sido fecunda. Sus diarios no solo os permitirán  observarla como una joven más de aquel Londres eduardiano, en su vida cotidiana y en sus más íntimas acciones; también serán una ventana abierta para ser partícipes de ese proceso, casi sagrado, en el que la aspirante a escritora se convierte en una por derecho propio.

Si tenéis la oportunidad, no dudéis en acompañar la lectura de los diarios de Virginia con una de sus biografías. La de Alexandra Harris, concisa, elegante y amena es una estupenda opción para un primer contacto.  Y aunque en este caso todavía no he podido leerla y por tanto recomendaros a pies juntillas, no estaría de más echar un vistazo a La vida por escrito de Irene Chikiar Bauer, primera biografía de Virginia en castellano recién publicada en España.

Un abrazo y ¡muy felices lecturas a todos!

jueves, 21 de mayo de 2015

El regreso

Mi rincón favorito
Después de tantos días de silencio, me alegra mucho volver a escribir en el blog. En un primer momento pensé en llevarme el portátil conmigo para intentar escribir alguna entrada durante el viaje, pero algo dentro de mi me decía que no iba a poder dedicarle el tiempo necesario a escribir y a editar. 
Como temía, así fue. No paré quieta casi ni un momento, y los pocos instantes de descanso que tenía, caía rendida en el hotel o los empleaba para leer un rato las lecturas que preparé para el viaje.  Las "Ventanas de Manhattan" de Antonio Muñoz Molina me hicieron compañía en las largas horas del vuelo de ida; y junto a ellas el Persephone Biannually, una enorme pila de revistas y "La ciudad de la alegría" de Edith Wharton. Ese es el libro que devoré y terminé sentada en el sillón que veis en la fotografía.

Viéndolo ahora, menos mal que dejé el ordenador en casa. Lo hubiera paseado arriba y abajo temiendo por su integridad y sin darle uso. Me bastó con el cuaderno de notas que llevo siempre conmigo. Todo lo que escribí en él me ayudará a redactar el diario de viaje de Nueva York. Después de la cariñosa acogida que disteis a los diarios de Londres, espero que éste os resulte igual de útil y podáis hacer vuestros posibles itinerarios y sugerencias. 
Junto a los diarios llegará la pila de libros que me traje de las librerías neoyorquinas que visité. Os parecerá mentira, pero fueron pocos en comparación con todo el material disponible que hubiera traído conmigo. Como veréis, algunos son libros de ocasión, otros están nuevos y relucientes. Encontrareis biografía, ensayo y bastantes ejemplares de ficción; como no podía ser de otro modo, abunda entre ellos la temática americana.

Pero antes de todo esto, quiero compartir con vosotros algunas reseñas a las que quiero dar paso inmediatamente. Uno no puede darle largas de esta manera tan fea a Willa Cather, Virginia Woolf y Vita Sackville-West. Espero que os piquen la curiosidad y podáis disfrutar de estas lecturas tanto como yo lo hice. 

Por hoy creo que nada más. Solo deciros que es un enorme placer saludaros de nuevo :) 

martes, 5 de mayo de 2015

Notas de abril

Pese a que el mes pasado fue parco en diversiones y descubrimientos y largo en encierros, he conseguido reunir una pequeña lista de cosas que me hicieron feliz en abril. Aquí va:

Número de primavera/verano 15
- La primera de ellas fue encontrar en el buzón el nuevo Persephone Biannually.  En cuanto lo tengo en las manos, todo lo demás desaparece; me preparo mi tazón gigante de café a lo chica Gilmore y saboreo las noticias y artículos del Biannually acompañado de galletas.
Esta vez, sin embargo, me he contenido y he reservado el momento de lectura para una situación que para mi va a ser cuanto menos conflictiva. El día 7 de mayo salgo de viaje. En avión. Ocho horas y media. Creo que no necesito decir más. Ya sabéis lo mal que lo paso volando. 
Por eso me voy a llevar el Biannually conmigo con la esperanza de que me distraiga y apacigüe por lo menos durante un ratito. Crucemos los dedos. 

- Otra alegría de abril fue la visita que hice al Musée de Cluny, el Museo de la Edad Media de París. Si os interesa el mundo medieval no podéis dejarlo pasar si visitais la ciudad. Tanto el edificio como los fondos del museo son preciosos, aunque nada supera en belleza a la joya del museo: la colección de tapices de La dama y el unicornio. 
Recuerdo perfectamente la primera vez que descubrí su existencia. Fue en un viaje a Carcassonne con mi familia. Por todas partes había reproducciones de los tapices: en forros para cojines, en monederos, en bolsos…en fin ya imaginais el variado despliegue del mundillo souvenirs. Yo compré un tapiz en miniatura que mi madre hizo enmarcar para ponerlo en mi habitación, donde sigue todavía. Me gustaba tanto tenerlo al lado de la cama, me quedaba boba mirándolo. 
Como no, tuve que salir con algo de la
tienda del museo. ¡Como iba a resistir-
me a estos marcapáginas!
Por aquel entonces tenía una pequeña obsesión por la Edad Media, y en el caso de La dama y el unicornio se acrecentó con la publicación de la novela del mismo título escrita por Tracy Chevalier. ¡Como me gustó leer ese libro!  
Muchos años después, al situarme en frente de los tapices en la sala del museo volví a sentir todas las sensaciones y ensueños de la adolescencia. Castillos, caballeros, damas y leyendas volvieron a salirme al paso. Sin duda la visita mereció la pena. 

- Cotillear y devorar las entradas de Brain Pickings me encanta. Pero dado el endiablado ritmo de publicación de Maria Popova, me es imposible estar al día de todas. Este mes de abril me alegré muchísimo al encontrar esta recopilación de entradas sobre Consejos de escritura de célebres escritores. No voy a descubrir la piedra filosofal con ellos y estoy segura de que las palabras esfuerzo, trabajo y constancia van a repetirse una y otra vez; pero no lo puedo evitar, me encanta escuchar a los maestros.

- Y gran alegría me llevé al leer el aviso de Rusta: Lumen  rescata la segunda novela de Betty Smith, Mañana puede ser un gran día. Volvemos a Brooklyn y en cierto modo retomamos la historia de Francie, la protagonista del para mi  inolvidable título Un árbol crece en Brooklyn. Sobra decir que me muero de ganas de leerla. 

- Y para poner el punto final a las notas del mes, os dejo con la pintura que he escogido para abril, Fields in Spring de Claude Monet. Sobran las palabras. Pocas cosas son más bellas y representan mejor la primavera que unos árboles en flor.








Como ya os dije el mes de abril no fue muy productivo en lo que a lecturas se refiere.  Aún así estoy contenta ya que no tengo que lamentar ningún bodrio absoluto, aunque The Orchardist me decepcionase mucho…en fin os cuento un poquito de cada uno. 



Las cuatro gracias de D.E Stevenson, una lectura ligera y agradable perfecta para intercalar entre dos lecturas más arduas. Podéis leer un poquito más sobre ella en la reseña.


Shadows on the Rock de Willa Cather, ha sido mi mejor lectura de abril. Cada novela de Willa que leo lo confirma, disfruto con todas y cada una de las líneas que escribe. No quiero avanzar nada de la historia porque tendrá su propia entrada en el blog. Solo doy estos cuantos datos: Canadá, pioneros franceses, el bosque desconocido donde avanzan indios, bestias y tramperos, un boticario y una niña viviendo lejos de su París natal, el paso de las estaciones…¡qué delicia de lectura!

Manhattan Transfer de John Dos Passos, ha resultado ser uno de esos libros de los que me resulta muy difícil hablar con claridad. ¡Salí completamente abrumada de esta lectura! No busquéis una trama en Manhattan Transfer, ni una narración lineal, ni siquiera unos personajes principales y secundarios a los que seguir la pista fácilmente. Algunos aparecen de pronto en una escena para no volver a aparecer en toda la novela. ¿Qué fue de ellos? ¿A donde les llevó su deambular por Manhattan? Podemos especular tanto como queramos, nunca lo sabremos.
Mulberry Street, Manhattan.
La cronología de Manhattan Transfer abarca desde finales del siglo XIX hasta la década de 1920. John Dos Passos dibuja en sus páginas la urbe inmensa e inhumana en la que se ha convertido Nueva York. Las vidas desastrosas de algunos de sus habitantes, de esos recién llegados que vienen a probar suerte. Historias que se entremezclan en el caótico bullir de la ciudad, la verdadera protagonista de la novela. 
Eso es lo que me ha transmitido y lo que me llevo maravillada de esta lectura. Imágenes y más imágenes de Nueva York: algunas hermosas, otras desgarradoras. Frustración, muerte, enfermedad…sin duda no ha sido una lectura agradable; pero al terminar sus páginas, tuve casi la certeza de haber pisado aquel Nueva York, de haber sido testigo de la difícil supervivencia en esa gran jungla urbana que como pocas ciudades representa. 
"Babilonia y Nínive eran de ladrillo. Todo Atenas era de doradas columnas de mármol. Roma reposaba en anchos arcos de mampostería. En Constantinopla los minaretes llamean como enormes cirios en torno al Cuerno de oro…Acero, vidrio, baldosa, hormigón, serán los materiales de los rascacielos. Apilados en la estrecha isla, edificios de mil ventanas surgirán resplandecientes, pirámide sobre pirámide, blancas nubes encima de la tormenta…"

The Orchardist de Amanda Coplin, ha sido la gran decepción. Una historia que tenía todo lo necesario para gustarme, que empezó con grandes promesas y que al final fue perdiendo fuerza hasta llevarme a desear acabarla cuanto antes.
Oregón, principios del siglo XX. Un anciano solitario, propietario de un inmenso huerto de frutales, pasa sus días pendiente del tiempo y de sus cosechas. Un día su soledad se ve interrumpida con la aparición de dos jóvenes desaseadas, hambrientas y en avanzado estado de gestación. Huidizas en un principio, al final acaban aceptando la ayuda del anciano que a partir de ese momento ligará su destino al de las dos desconocidas. ¿Quiénes son? ¿de dónde vienen? ¿de quién huyen asustadas? 
A todas estas preguntas intenta responder Amanda Coplin en The Orchardist. Y si las descripciones del Oeste son evocadoras y grandiosas, poco más puedo destacar de la novela. Me faltó fuerza en los personajes, más interacción entre ellos para hacer creíble su historia. La novela apenas tiene diálogos, y los pocos momentos en los que los protagonistas se comunican son terriblemente fríos. Un drama como este necesitaba de personajes con mayor profundidad. Una verdadera pena.

Un abrazo grande a todos y que disfrutéis de un buen mes de mayo. Nos vemos de nuevo el día 15.
Pista de mi paradero :)

viernes, 1 de mayo de 2015

Tradiciones de un primero de mayo...

flores, muguete, primero de mayo
Muguete y guisante de olor. La combinación perfecta.
Un año más llega el primero de mayo y, con el, su pequeña tradición. Se cuenta que el primero de mayo de 1561 el rey francés Carlos IX recibió un ramito de muguete a fin de que le sirviese como amuleto. En el lenguaje de las flores, estas pequeñas campanillas blancas simbolizan el retorno de la felicidad y el rey apreció tanto el gesto que decidió instaurar una nueva tradición. Todos los primeros de mayo, las damas de la corte recibirían una brizna de muguete  como muestra de felicidad y buenos deseos. 

Como ya os contaba hace unos años, en Francia y en otros países se ha mantenido la tradición a pesar del paso del tiempo. Si paseáis hoy por cualquier pueblo o ciudad francesa, encontrareis a vuestro paso puestecillos improvisados donde comprar la pequeña flor. De padres a hijos, de abuelos a nietos, entre enamorados…todo el mundo puede regalar y a su vez ser sorprendido con un ramito. 

Recibir flores siempre es un placer, y si encima el gesto viene acompañado de una significación tan bonita, pues es aún mayor la alegría. 

La gran pena es que hoy el tiempo no acompañe. No ha dejado de llover desde primera hora de la mañana. Una lluvia densa y encima acompañada de viento que hace muy difícil el que apetezca salir de casa. El tiempo, eso si, invita a acurrucarse en el sofá con un buen libro en mano. 
Yo he elegido a Vita Sackville-West y a sus eduardianos para que me acompañen. Ojalá la lectura me proporcione la misma satisfacción que la vista del muguete que adorna mi escritorio.

Muy feliz primero de mayo, en especial a todos los trabajadores y a los que desgraciadamente no pueden serlo.

La reina Victoria cumpliendo la tradición.

lunes, 27 de abril de 2015

Un día del libro a destiempo.

Una visita obligada.
El pasado jueves, muy a mi pesar, no pude disfrutar del día del libro. No pisé ni una mísera librería, ni toqué libro alguno.  En vez de entre estanterías, pasé mi Sant Jordi encerrada en una sala durante cinco tensas y largas horas; y no en calidad de detenida, lo que podría haber sido hasta divertido, sino como opositora. Anda que, vaya forma más fea de estropear un día tan bonito.
Pero bueno ahora ya no importa ¿sabéis que es lo mejor de pasar por un trance semejante? Pues ese momento en el que te levantas al día siguiente sabiéndote libre de obligaciones. Libre para hacer con tu tiempo lo que te apetezca: aprovecharlo, exprimirlo o hasta malgastarlo si te da la gana. 

La verdad es que este fin de semana he hecho un poco de todo eso. He vagueado por casa, me he puesto al día con las series que llevo en danza, he retomado sin ninguna culpabilidad mis lecturas, y hasta he recuperado el día del libro que había perdido. 

La única pena ha sido tener que reencontrarme con mis paseos parisinos bajo la lluvia; pero bueno, a esta ciudad me es imposible reprocharle nada, está preciosa en cualquier situación, incluso bajo un aguacero.
Place Paul Poinlevé
El sábado Jean y yo paseamos por el Quartier Latin; bajo las lilas de sus jardines y bajo los árboles que ya empiezan a vestirse de tiernas hojas. Mientras, la cercana Notre Dame, vigiló nuestros paseos y marcó las horas con el tañido de sus campanas.

Rue Saint-Julien le Pauvre
Como veis en la fotografía que encabeza la entrada no faltó una visita a Shakesperare and Co. Allí compré el primero de los libros de mi botín de Sant Jordi, Perfume from Provence de Lady Fortescue. Hacía ya algún tiempo que quería comprarlo y en cuanto lo tuve en la mano, supe que ya no podría dejarlo en la estantería. Volver a la Provenza me haría mucho bien después de la tensión de las últimas semanas; aunque solo fuese a traves de los ojos de una extraña.  No puedo evitar preguntarme ¿atesoró Lady Fortescue los mismos intensos olores a lavanda, a tapenade, a fruta confitada y a calissons que yo recuerdo de mis años provenzales? ¿se enamoró de sus colinas, de sus gargantas y del cantar constante de las chicharras? Si así es, estoy segura de que congeniaremos.

Al salir de la librería arreció la lluvia y tuvimos que buscar un lugar donde guarecernos.  Aprovechamos que era hora de merendar para entrar en The Tea Caddy. Esta es una dirección un tanto secreta; de esas que se transmiten de oreja a oreja entre los iniciados al placer del tea time. Así que si venís a París, y haciendo gala de falta de patriotismo, queréis probar un auténtico salón de té a la inglesa, no dudéis en hacer una visita. 

Scones y crumble de moras que sabían a gloria.
Con la barriga y el corazón contentos, seguimos andando hasta Gibert Joseph en el Boulevard Saint-Michel. Había parado de llover y la gente se agolpaba en las aceras y a la entrada de la librería. Y en Gibert, como no, aumenté y completé mi compra de Sant Jordi. Creedme, lo que no encontréis en estas estanterías amigos, es que casi ni existe. Uno se puede pasar horas y horas rebuscando entre los miles de libros y no sentirse saciado. 

Abarrotado Gibert un sábado por la tarde
Yo me decidí por un título que ya tenía en el punto de mira La partie de chasse de Isabel Colegate, recién publicada por la editorial Belfond en su colección Vintage, y por una autora a la que ya he estado dando demasiadas largas, Muriel Spark. Encontré estas bonitas ediciones de La plenitud de la Señorita Brodie y de Curriculum Vitae y no pude resistirme. 
Como veis en la fotografía del botín, vuelvo a caer en la tentación de la literatura británica. Cuatro de cinco vienen del otro lado de la Mancha. No lo puedo evitar que le vamos a hacer. 


Aunque esta vez, la joya de la corona no viene del reino de su graciosa majestad. Es un canto que viene de América y como pocos la representa. Es Walt Whitman y sus incomparables Hojas de hierba. 
Como ya os dije en la entrada de mis lecturas de infancia y adolescencia, descubrí a Whitman hace ya más de diez años, de manos de Antonio, el mejor profesor de literatura que pude desear. Compré entonces un ejemplar bilingüe de Hojas de hierba que es el que me ha acompañado, como un buen amigo, durante todos estos años de descubrimiento y aprendizaje.  
Hace apenas unos meses descubrí que iba a publicarse una nueva edición íntegra y bilingüe y, como podéis imaginar, me llevé una enorme alegría. Y aún más cuando vi que el encargado de su traducción y de su estudio introductorio era Eduardo Moga, poeta, traductor y autor de un blog que sigo con delectación.

Encargué mi ejemplar y esperé con impaciencia a que llegase a mi buzón. Días antes de mi primer examen de oposición lo tuve por fin entre las manos. Y Whitman volvió a ser entonces un buen consejero; volvió a hablarme con voz clara y poderosa a través de los siglos, de corazón a corazón, como siempre ha hecho.

Así que no puedo más que dedicarle a él mi día del libro y mi mes de abril. Que sean sus palabras quienes cierren esta entrada y quienes inauguren una nueva y fructífera temporada de A book a day. 

"A ver, ¿quién cree que un milagro sea una gran cosa?
Yo no sé de nada que no sea un milagro.
Cuando voy por las calles de Manhattan,
o echo un vistazo al cielo, más allá de los tejados,
o ando descalzo por la playa, al borde del agua,
o me paro debajo de un árbol, en el bosque,
o hablo, de día, con alguien a quien quiera, o duermo en la 
cama, por la noche, con alguien a quien quiera,
o me siento a la mesa para cenar con los demás,
o miro al desconocido que tengo delante en el tranvía,
u observo a las abejas que trajinan en la colmena una mañana
de verano,
o a los animales que pacen en los campos,
o a los pájaros, o la maravilla de los insectos voladores,
o la maravilla del sol que se pone, o de las estrellas que brillan,
clavadas,
o la curva finísima, delicada, exquisita, de la luna nueva en primavera:
todo esto, y todo lo demás, cada cosa y todas las cosas, son milagros para mí […]"

PD. Que feliz me hace estar de vuelta.

lunes, 13 de abril de 2015

Una pequeña dosis de D.E. Stevenson: Sarah Morris Remembers y Las cuatro Gracias


Mi conciencia me dice que no tendría que estar escribiendo esta entrada, sino estudiando; pero aquí me tenéis, desafiando al deber y al buen juicio. La "culpa" no es mía sino de D.E Stevenson. En estas tres últimas semanas he leído dos novelas suyas y, aunque una de ellas no me ha convencido, ambas me han ayudado a sobrellevar con alegría las largas horas de estudio. Como sabéis,  me gusta bien poco hablaros de las lecturas que no me convencen, así que hagámoslo rápidamente. 

Publicado en 1967, Sarah Morris Remembers fue uno de los últimos trabajos de D.E Stevenson. En el, la autora volvía a uno de sus periodos predilectos, los años 30 y 40 del siglo pasado. La novela cuenta la historia de una familia afincada en el pueblecito de Fairfield, los Morris: un clérigo rural, su esposa y sus cuatro hijos Lewis, William, Sarah y la pequeña Dottie. Sarah es la encargada de contar en primera persona, a través de sus recuerdos, las vivencias de su familia desde los felices días de la niñez hasta los duros años   de la IIGM.

Vista de Fairfield
Tres son las localizaciones de la novela: el pequeño pueblo de Fairfield donde vive la familia Morris,  Craignethan en Escocia donde residen los abuelos maternos de Sarah y Londres. Estos tres enclaves coinciden con los momentos más importantes de la vida de Sarah y marcan las partes en las que se divide el libro. 
Las escenas de Fairfield sirven a Stevenson para describir la vida rural inglesa que tan bien conoce y plasma en sus novelas. No echaréis en falta encantadoras descripciones del paisaje y la aparición de personajes pintorescos como los parroquianos y los vecinos del pueblo. Ese es el momento en el que conocemos la infancia y adolescencia feliz de Sarah junto a su familia, sus visitas a los abuelos maternos en Escocia y su encuentro con Charles, el amigo austriaco de su hermano del que se enamora. 
Con el traslado a Londres llegará la guerra y los momentos más dolorosos: la separación de la familia y de los enamorados. Y a pesar de contar con todos estos apetecibles ingredientes, la novela no ha funcionado conmigo.

Stevenson ya había utilizado estas mismas premisas en The English Air, una novela  escrita en 1940 y que si disfruté (en aquella ocasión la protagonista en vez de enamorarse de un austriaco lo hacía de un joven alemán). Pero si allí los personajes parecían creíbles y la trama emocionante, nada de esto ocurre en Sarah Morris Remembers. Los personajes me han resultado terriblemente planos, en especial Sarah la protagonista.  La autora no ahonda lo suficiente en su personalidad, ni en sus relaciones para hacer creíbles después la tristeza y el dolor que siente. Ni siquiera se salva su historia de amor con Charles. Una pareja separada por la guerra, el Londres del Blitz, dos hermanos combatiendo en Francia y la autora no consigue crear la atmósfera adecuada para hacerlo creíble.

Decepción pues tras esta lectura y al mismo tiempo la sensación de que algo se confirma. Creo que D.E Stevenson tiene un don para cierto tipo de historias y situaciones; esas historias que acontecen en pequeños pueblecitos ingleses, donde personajes carismáticos y entrañables viven acontecimientos sencillos y cotidianos.  

Y todo ello abunda precisamente en Las cuatro gracias, la novela de mi reconciliación con Stevenson.
El señor Grace, vicario de Chevis Green un pueblecito cercano a Wandlebury, y sus cuatro hijas son los protagonistas de esta historia. 
Liz, Sal, Tilly y Addie son cuatro jovencitas con personalidades muy distintas:  Liz la mayor es decidida y extrovertida, Sal bastante más tímida y soñadora, Tilly no es muy amiga de relacionarse con los demás y Addie, en el polo opuesto, es independiente y sociable. 
Aún así, pese a sus diferencias, todas comparten ciertos rasgos que parecen cosa de familia: un sentido del humor especial, bastante ingenio y la satisfacción de sentirse a gusto consigo mismas. 
Ya lo dice Liz en la novela: "depende de uno desde el primer momento. O tienes esa cosa misteriosa que te hace ser feliz, que te hace tener interés por todo y ser interesante para ti misma, o no la tienes, y entonces eres aburrida y pesada y nunca estás contenta."

Todas esas cualidades compartidas les serán muy útiles para enfrentar los cambios que la Segunda Guerra mundial trae a sus pacíficas vidas. 
¿Como lidiar si no con un familiar algo insoportable, un militar enamoradizo y un investigador algo patoso que recala en Chevis Green ? 

¿Os acordáis cuando me refería al don que poseía Stevenson para escribir cierto tipo de historias?  Pues en Las cuatro gracias tenéis el perfecto ejemplo. Esta es una de esas historias por las que la autora resulta tan valiosa. Una novela repleta de escenas amables,  en las que los personajes interactúan en el mercado, en la iglesia o en la salita mientras disfrutan de un té o de una lectura compartida en voz alta. 

Esa ambientación cálida y agradable me ha parecido perfecta, y a pesar de que la trama es sencilla, mantiene el encanto y el interés hasta la última página. Aunque estemos en guerra, Stevenson no quiere mostrarnos su parte más oscura y dramática. A Chevis Green apenas llegan los ecos del conflicto, aunque Addie esté alistada en la W.A.A.F y el racionamiento provoque algún que otro enfrentamiento en la pescadería del pueblo. 
En realidad creo que el momento más emotivo de la historia, es cuando el señor Grace debe despedirse de su adorada Sal.
Las hermanas Grace: Liz, Tilly, Sal y Addie.
Es cierto que la atención que da Stevenson a cada una de las hermanas queda algo descompensada. Así las historias de Sal y Liz ocupan mayor protagonismo y las pobres Tilly y Addie quedan muy desatendidas. Pero creo que esta es la única pega que puedo ponerle a la novela. También me ha dado algo de pena no haber reconocido a ciertos personajes que ya aparecieron en los libros de la Srta. Buncle, por eso no creo que tarde en devorar los tres primeros libros de la serie, (Las cuatro gracias es el cuarto pero puede leerse de forma independiente) ¡necesito conocer a todos los habitantes de  Wandlebury!  

Así que ya veis, hechas las paces con la autora, no puedo más que recomendaros Las cuatro gracias.  Cada vez estoy más convencida de que D.E Stevenson va a convertirse junto a Elizabeth Goudge en mi refugio lector para sobrellevar días tristes o estresantes. 

Un abrazo y ¡muy felices lecturas a todos!

PD. Aquí podeis leer la reseña que hice de The English Air, otra novela de D.E Stevenson ambientada en la IIGM.
PD1. Perdonad que esté tan ausente en los comentarios. Me duele muchísimo no contestaros, pero en cuanto termine los exámenes el día 24, contesto hasta el último de ellos :)