lunes, 5 de agosto de 2013

Elizabeth y su jardín alemán de Elizabeth von Arnim

Té, lectura y flores; un conjunto que habría
agradado a Von Arnim.
En las estanterías de cualquier librería se esconden a menudo libros pequeños, casi invisibles si se comparan con otros más voluminosos. Si uno va con prisa y mira sin cuidado, casi es un milagro que repare en ellos. 
Pero en ocasiones coges una de estas miniaturas y ojeas la portada, la sinopsis e incluso algunas de sus páginas. Sin darte cuenta y en un acto de heroísmo, cuando piensas en desembolsar el dinero en una historia que te va a durar una sentada, decides llevártelo a casa.

Entonces se produce el milagro. La impresión de ese librito no dura el repentino momento de su lectura, si no que la historia te habita durante meses, años o incluso toda una vida. Cuando cogí "Elizabeth y su jardín alemán" no imaginé que fuera a ocurrirme esto. En la librería, ojeé las primeras páginas como es mi costumbre y para mi sorpresa otro escritor muy querido me dio la bienvenida, E. M. Forster (del que os hablé en Una habitación con vistas).

En unos breves apuntes, titulados "Recuerdos de Nassenheide" Forster habla del tiempo que vivió en la propiedad y en el jardín de Von Arnim como profesor de inglés de sus hijas. Según él, Elizabeth era una mujer caprichosa y burlona; prueba de ello fue querer despedirle nada más verlo por llevar una corbata espantosa.
Corría el año 1905 y Forster, mientras daba sus clases y sus paseos, siempre sabía donde encontrar a su anfitriona, "en alguna parte de la casa, quizá en el templete de verano, escribiendo una de sus novelas".

Por aquel entonces Von Arnim ya había publicado seis de sus veintiuna novelas y gozaba de fama internacional. Todo empezó en 1898 cuando se publicó "Elizabeth y su jardín alemán". En tan solo un año se publicaron hasta 21 ediciones y la exitosa carrera de su autora comenzó con lo que hoy llamaríamos un best-seller.

Puede parecer sorprendente porque su trama es bien sencilla; pero si se lee entre líneas pronto se descubre la verdadera profundidad del relato. En un poco menos de doscientas páginas y bajo la forma de un diario íntimo, Elizabeth nos invita a acompañarla a su vasta propiedad de la Prusia oriental. Un año transcurre desde el primer día en que nos instalamos con ella en su todavía incipiente jardín y la última entrada de su diario.  

Jornada tras jornada no solo descubrimos su profundo amor por la jardinería, si no el retrato de una mujer que ama su mundo interior, sus lecturas, sus ensoñaciones y por encima de todo, las horas de soledad que le permiten dedicarse a esos placeres.



Hoy nos podría parecer una obviedad el que una mujer pueda disponer de tiempo para si misma y para disfrutar de sus aficiones. Pero para una mujer de finales del siglo XIX este comportamiento no solo podía parecer extraño a su propia familia (que se queja de estar desatendida), si no también a sus amistades e incluso al servicio que ve con ojos asombrados las excentricidades de su señora.
La exuberancia de la primavera y el verano
Elizabeth no cose, ni se preocupa por los menús de su casa (claro está que tiene la suerte de contar con gente que se ocupe de ello). Pero es sorprendente que se despreocupe de los deberes que una buena "señora de la casa" debía cumplir en aquel final de siglo. 
Por el contrario pasa sus días leyendo en el jardín, alimentándose de ensaladas y té (para desesperación de su cocinera). Los únicos que quebrantan su tranquilidad son los visitantes ocasionales, sus tres hijas a quienes ella llama "los bebés de abril, mayo y junio" y su esposo "el hombre de cólera". ¡Cómo adoro cada vez que se dirige así hacia su marido! Hacia "ese que tiene derecho a aparecer como le parezca y cuando le parezca". Creo que eran un matrimonio bien avenido pero en absoluto feliz.

Si es una delicia pasar las jornadas junto a ella, refugiados en su biblioteca donde crepita el fuego de la chimenea y nos envuelve el aroma de las flores frescas recién cortadas,  aún lo es más acompañarla a la ciudad y ver las opiniones que tiene sobre la buena sociedad. A ojos de sus conocidos Elizabeth es una reclusa enterrada en vida. Una ermitaña del campo que se marchita lejos de las fiestas, de la multitud y del mundo civilizado. Pero lo que no imaginan es que ella agradece al destino el haberle dado un corazón valiente, capaz de animarle a hacer aquello que verdaderamente ama. ¿Acaso debe obligarse a asistir a esas cenas y celebraciones de etiqueta, plagadas de conversaciones ajenas y cotilleos carentes de interés?

La respuesta es un rotundo no. Elizabeth es capaz de pasar sola semanas enteras distrayéndose en paz. A diferencia de otros, no siente ese miedo intenso a la soledad; esa sensación que hace que las personas tengan que acompañarse de cualquiera con el fin de jamás sentirse solas. Cada vez que leía una de sus opiniones no podía evitar sonreír y asentir con la cabeza (aunque he tenido que discrepar con otras de sus opiniones, y como no con "el hombre de cólera").


Placeres de otoño e invierno
Durante los momentos de la lectura yo también viví en Nassenheide; vi crecer las flores de cada parterre con el paso de las estaciones, hice un picnic a orillas de un Báltico helado y volví a casa en trineo una noche de luna llena. Leyendo su "diario", más de cien años después de que lo escribiera, solo podía pensar en la suerte que tuve el día en que Elizabeth sintió haber encontrado la felicidad entre sus flores y sus libros y decidió escribir sobre ello.

Es evidente que os invito a todos a leer este libro breve pero intenso. En él encontrareis una mezcla de sensibilidad ante el espectáculo de la naturaleza e  ironía ante el espectáculo de la naturaleza humana. Eso si,  para entrar en este jardín y disfrutar del paseo, creo que se necesita un único requisito: "No venir con la cabeza y el corazón vacíos".


Elizabeth Von Arnim. Prima de
la también escritora Katherine
Mansfield.
Estoy segura que aquellos que améis las horas solitarias pasadas junto a un libro, amaréis esta historia. Yo no pude evitar hacerme con más material de Von Arnim enseguida y ya visteis como entre las Lecturas de verano se coló "Un abril encantado".

Todavía no he empezado con él porque he estado totalmente inmersa en la lectura de "Ángulo de reposo". Acabo de terminarlo esta mañana y no puedo esperar a hablaros de él. ¡Que grandísima novela!

Y por hoy nada más; espero que sigáis disfrutando de vuestros veranos, aunque nos achicharremos con estos calores :)

PD. Podéis encontrar la versión castellana de "Elizabeth y su jardín alemán" aquí. La editorial Lumen ha publicado también otras obras de Von Arnim: Un matrimonio perfecto y Todos los perros de mi vida.
PD1. He completado el texto con las ilustraciones de Simon Harmon Vedder. Estas formaron parte de una edición de la novela publicada en 1906. Que pena que hoy pocos libros tengan ilustraciones como estas.
PD2. Siento mucho no haber visitado vuestros rincones estos últimas días; la vuelta a casa está siendo muy ajetreada! Creo que esta noche me espera un buen rato de agradable lectura gracias a vuestras entradas antiguas :)